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jueves, 14 de junio de 2007

En la Calle

Sol resplandeciente. De momento. Es como si la ciudad tuviera pupilas nuevas. Se ve todo y se ve de todo esta mañana. Las muchachas en flor lucen sus ombligos. Lo mismo hacen las del pétalo caído. Las chicas, las grandes, las gordas, las flacas, las hueras y las morenitas. Al mujerío no le caben ya los lardos ni los magros debajo de sus trapos

Esta forma de vestir da facilidades al antropólogo. Por ejemplo y que no cunda, permite medir a ojo de buen cubero el diámetro antero-posterior de la pelvis que va desde el borde superior del pubis hasta la entalladura de la 5ª vértebra lumbar. Este diámetro es lo que antes se llamaba “la conjugada de las comadronas” y puede variar según la raza. La diferencia de alturas entre la vértebra antedicha y el borde superior del pubis nos da el cateto vertical de un triángulo rectángulo cuya hipotenusa es la conjugada. La relación del cateto a la hipotenusa será, pues, el seno del ángulo de la inclinación de ésta. Hago notar que uso el termino cateto por motivos de exactitud matemática y geométrica, desechando por inexactos los de de borono o jebo, que son de aquí, y el de paleto, que es de las dos Castillas.

Si además se pusiese de moda llevar las mujeres descubierta la región del esternón, se podría determinar con probabilidad estadística el sexo de la examinada. En los varones es mayor que en las mujeres la distancia que media entre aquél hueso y el agujero umbilical. O sea que las mujeres tienen el ombligo más lejos del empeine y más cerca del esternón

La calle está llena de forasteros. Y de vecinos a los que la antropología callejera les importa menos que llegar a la playa a tiempo para extender su toalla y abrir su sombrilla sobre la arena. Bien hecho. Van y vienen vehículos y viandantes. ¿Por qué no se llama a los coches via-rodantes?

Pasa un coche de gama baja dejando oír ruidos de percusión a todo volumen: “¡Fijaos, aquí voy yo!” -parece decir su joven conductor con orejas y labios perforados de “piercings”- “Mía es la calle. Mío el mundo. Mío el sol. Mía la luz. ¡Venga el bongó, venga el timbal, venga el tambor, venga el gongo y el atabal¡ ¡Disfrutad, conmigo de estas vibraciones que os estoy enviando!” Lo suyo parece un reto innecesario, o un gesto inmaduro, o una señal inesperada de la pluvioselva tropical. Pero quizás lo que quiera el chico es regalarnos a todos un abrazo en este día claro, o darnos un claro abrazo en este día que es un regalo para todos. Hay que buscar entender las cosas.

Calle arriba llegan autobuses. Autobuses urbanos, interurbanos y de los otros. A mi me gustan los que llevan pintado el renacuajo verde. El renacuajo de la larga cola que abarca el vehículo entero. ¿Será o no el renacuajo una futura rana de los Pirineos, de esas que pertenecen a una especie protegida?

Sin ningún cuidado los ciclistas circulan entre los peatones. ¿Vendrán a la caza de los viejos? Los chicos de las dos ruedas son conscientes de los privilegios que les otorgan sus vehículos, tan ecológicos.

Pero, aunque haya muchas bicicletas, esto no es Escandinavia; todo lo denuncia, amigos: desde el color de los cabellos y de los ojos de oscura túnica hasta la educación que falta; pero eso no quita que los ciclistas dominen el arte de hacerse los suecos. ¿Qué decisión municipal, foral, constitucional, gubernamental, policial, electoral, judicial, internacional, humanitaria, igualitaria, testamentaria, les otorga el derecho de pedalear por las aceras como les viene en gana? Y aquellas calles de allí ¿no se llaman, por algo, peatonales? Mientras no hagan sonar el xtirrín, los ciclistas no merecerán el nombre de txirrindularis. Sin txirrin y sin disciplina los ciclistas son tan solo urbanitas cimarrones, rústicos a medio redimir de la gleba que montan vaquillas mecánicas incapaces de dar siquiera un mugido de aviso ¡muu¡¿Acaso no tienen para desplazarse sus específicas “cañadas de la mesta”? Bien señaladas están con el rojo, que te quiero rojo, de los “bidegorris”. ¿O llegará el momento en que los peatones, desalojados de las aceras, apoyándose en sus bastones ocuparán los espacios libres al grito exigente de ¡¡Amnistia osoa!! o a la súplica resignada de ¡¡perdón para el peatón!!

Frente a un establecimiento bancario, un hombre todavía joven, protesta. Viste de americana y corbata. Quiere que se le haga justicia y lo pide en nombre de sus dos hijas pequeñas. Ha colocado en la acera cartones que exponen su reclamación, en español. ¿Pero no es el euskera la lengua apta para reclamaciones y protestas? Presumo que el fondo del asunto sea laboral, todo laboral y nada más que laboral. Se habrá quedado sin trabajo. Pero ¡qué importan dos niñas, como si fueran cuatro o cinco! Las desgracias y las injusticias aisladas se diluyen, de ordinario, en la microfelicidad de los demás o en la macroprosperidad de las grandes entidades financieras. ¿Alguien captará las razones de solidaridad con ese padre angustiado? Es la canción triste de la mañana alegre.

Por la calle, frecuentada de reclamos, poblada de rótulos, concurrida de máquinas y de hombres, pasa la ciudad, pasa la provincia, pasan los vecinos próximos y los vecinos lontanos, los de aquende y los de allende. Y ahora pasa también el Ande, y el Africa, y la Europa del Este, y la morería tan próxima y tan alejada; y la Europa musicante y mendiga en su nomadeo interminable y atávico.

Cambia el mundo. Cambian los grupos. Cambia la ciudad son sus habitantes y sus piedras. Unos y otras se renuevan. Calles limpias. Y calles sucias por los trabajos de renovación urbana, en esta ciudad cuidada. En el equilibrio entre cambio y conservación está la armonía. Si Roma hubiera derribado todas sus piedras antiguas y borrado todas las inscripciones que las generaciones dejaron, seguro que no habría pasado de ser un poblanchón itálico podrido en las aguas cenagosas de las lagunas pontinas. Pero Roma, supo y sabe, que no hubo pretéritos –tampoco habrá futuros- unidireccionales.

Al cabo de cien recados y mil vueltas paso por el puente del Kursaal ¡Mira por donde! Roma de nuevo: hay cuatro “fasces”, haces, “fascios”, en la base de cada columna luminar. Encuentre el lector curioso el número total de fascios que la ciudad conserva. Es la ciudad con más fascios de este Reino de las Diecisiete Repúblicas. Cada “fascio” es un haz apretado de varas de acebuche, ceñidas de cíngulos que las unen en torno a un hacha. Instrumentos, las varas y el hacha, de los castigos que a los justiciables podían propinar los lictores romanos. Símbolos. Símbolos. Símbolos. Al fondo, como cabeza de puente, los cubos. Lo nuevo, lo viejo. Y la ciudad, contenta bajo el resplandor del día en un mes de junio tacaño de sol.

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