Nadie está enteramente a salvo de topar con sorpresas dentro de su propia casa. Así, al ir a hacer una revisión de gavetas, armarios, escondrijos y cajones, he encontrado con que obran en mi poder una serie de cosas inútiles, bizarras o curiosas que sin la menor vacilación se pueden catalogar bajo la rúbrica de los caprichos tontos. ¿Y esto me pasa a mí, que me tengo por austero! Ha habido, pues, que decidir cuáles de ellas habían de desecharse y a cuáles, y por qué motivos, se les debía conceder el indulto.
Antes de entrar en materia, quiero dejar constancia que en su momento no me ha inducido a comprar dichos objetos ninguna publicidad envolvente o engañosa urdida por genios que se devanan los sesos buscando el modo de hacernos aumentar el gasto. No he caído en la trampa del envoltorio bonito, ni he sido seducido por la ilusión de unos puntos que haya que juntar para obtener de premio alguna baratija. Declaro, en consecuencia , que si esos objetos han llegado a mi poder ha sido por decisión de mi propia y libre voluntad. ¡No puedo echar la culpa a nadie! Y, en mi calidad de adulto, soy, por consiguiente, un millón de veces más responsable de mis propias tonterías que la niña de las setenta barbies y el chaval de los cuarenta play stations a los que sus padres han atontado con regalos.
Voy a enumerar esos objetos, curiosos o inútiles que aún obran en mi poder tras haber obtenido el indulto en la revisión de las gavetas.
El primero es una vieja linterna eléctrica que se alimenta de la corriente producida por una dínamo. Hay que pulsar continuamente una palanquita para mantenerla encendida. No recuerdo con qué motivo me hice con ella. Seguramente me parecía muy ecológica, ya que no necesita pilas. Y, como no he tenido nunca que reponerle la bombilla con filamento de plata considero que es de lo más “sostenible” que se pueda uno encontrar. Con todo, tiene un inconveniente: la palanquita hace un ruido que suena con insistencia ¡ñeque, ñeque, ñeque¡
Estaba pensando que este defecto bastaba para desechar la linterna, cuando me acordé de aquella bienaventuranza que no está en la lista y que invita a despertar al dormido. La linterna ruidosa tiene la virtud aleccionadora de recordar que la Verdad, como la luz, no consigue despertar a nadie si no hay alguien que sepa expresarla en Palabras que que se oigan o se lean y, por lo tanto, sean aptas para transmitir una advertencia o un consejo. Sólo por esto me valió la pena decretar su indulto.
El segundo objeto que mereció tal gracia es un aparatito de mesa que sirve para afilar cuchillas de afeitar. Está compuesto por un sistema de palanquitas y pequeñas correas de transmisión que se accionan con una manivela. Recuerdo que daba muy buen resultado con las hojas “Palmera”, que eran más recias que las fabricadas por otras marcas.
Supongo que me compré la maquinita con la intención de ahorrarme dinero. Aunque teniendo yo una de esas barbas ralas, de las que en mi Castilla del Oro llaman “de Moctezuma”, de poco podría valerme la afiladora para propósito tan tacaño. Me disponía a desecharla cuando me acordé que siempre he recomendado austeridad a los míos y a cuantos me han hecho la merced de prestarme atención, y además, he procurado practicar personalmente el uso moderado, crítico y vigilante de los medios materiales. ¿Acaso este ingenioso artilugio de afilar cuchillas de afeitar usadas no es un recordatorio de ese propósito tantas veces fallido? Decidí, pues, que merecía el indulto.
El tercer objeto es un pequeño pistolete de salvas de esos que inventaron en París, a finales del siglo XIX, para que los peatones pudieran defenderse de los ciclistas que comenzaban a invadir las aceras. Al percutirlo, el pistolete producía un ruido desmesurado que resultaba al parecer muy útil para sobresaltar a los abusones que por aquél entonces ya habían descubierto el placer de circular en bicicleta haciendo eses y zig-zags entre los peatones con la morbosa expectativa de atropellar a los que no se apartaran a tiempo. Igual que en la Donosti de mis tormentos, solo que en París no tenían “bidegorris” y aquí si los tienen pero al parecer no les basta.
Aparte de su primer objetivo anticiclista, el pistolete tenía también un uso patriótico: lanzar le 14 de juillet pequeñas bengalas con los colores rojo, blanco y azul de la bandera de Francia. Yo he usado el pistolete para lanzar bengalas con ocasión de las fiestas de Navidad obteniendo gran éxito entre la chiquillería. Los niños son pirómanos redomados a los que sólo les falta adquirir experiencia. Vale la pena encauzar hacia lo lúdico estas inclinaciones antes de que los pequeños descubran el ardiente placer de los incendios provocados aunque sea en el mobiliario urbano. Decidí, pues, en buena hora, la concesión del indulto al ruidoso pistolete.
El cuarto objeto es una estrella solitaria de las que se ponen en la pechera los Sheriffs en el Estado y República de Texas. El portador legítimo de esa estrella ostenta la potestad de notificar mandamientos judiciales y de ponerlos en ejecución, de resguardar la paz si es preciso a tiros –por algo les llaman “law enforcing agents”-, de custodiar a los presos y de convocar a la población civil para formar un pelotón de voluntarios dispuestos a jugarse el cuero en la persecución de malhechores, pícaros, bergantes, malevos, malandrines, rebeldes y demás ralea. “¡Those are men!”, que diría Sam Houston. ¡La estrella fue indultada sin más consideraciones!
¿Y la momia de gato que tiene Vuestra Merced sobre una silla de su despacho? ¿acaso no la considera también un objeto caprichoso?
No es momia de gato, sino gato de peluche. Representa a “Mrs. Chippy”, un gato atigrado que formaba parte de la tripulación de la nave Indurance en la fracasada expedición de Sir Ernest Shackleton a la Antártida, de 1914-1916. Pertenecía el gato a Henry McNeish, carpintero de la expedición, nada ducho en sexuar felinos, que lo confundió con una hembra. De allí el nombre de “Mrs. Chippy”, que en español es lo mismo que “Doña Fulana”, lo cual no deja de ser contradictorio tratándose de un gato muy macho. Pero el micifuz, llevando al extremo su dignidad, no protestó nunca por semejante nombre. Como no protestó cuando tuvieron que deshacerse de él al ordenar Shackleton que los tripulantes prescindieran de todo lo superfluo para poder salvarse andando a pie por los mares de hielo donde había quedado aprisionado el “Indurance”. Se dice que se oyó al gato maullar ¡Farewell! al ver partir a sus compañeros y que a continuación entonó con voz melancólica, varonil y bien impostada: “When you go to Lambeth Walk” haciendo derramar lágrimas a los recios varones de la tripulación.
Era un gato de cuerpo entero. En este tiempo de cobardías y perneras mojadas, preciso es concederle el indulto a su efigie de peluche. Por cierto, gran tipo este Shackleton, que en su aventurado viaje sólo perdió una vida, la del gato, y eso para que se convirtiese en héroe. De este capitán debían tomar ejemplo los gobiernos y ministerios de defensa que diezman a sus propias tropas por la vía de los accidentes y del descuido.
Y no digo más sobre los indultados de las gavetas.
Antes de entrar en materia, quiero dejar constancia que en su momento no me ha inducido a comprar dichos objetos ninguna publicidad envolvente o engañosa urdida por genios que se devanan los sesos buscando el modo de hacernos aumentar el gasto. No he caído en la trampa del envoltorio bonito, ni he sido seducido por la ilusión de unos puntos que haya que juntar para obtener de premio alguna baratija. Declaro, en consecuencia , que si esos objetos han llegado a mi poder ha sido por decisión de mi propia y libre voluntad. ¡No puedo echar la culpa a nadie! Y, en mi calidad de adulto, soy, por consiguiente, un millón de veces más responsable de mis propias tonterías que la niña de las setenta barbies y el chaval de los cuarenta play stations a los que sus padres han atontado con regalos.
Voy a enumerar esos objetos, curiosos o inútiles que aún obran en mi poder tras haber obtenido el indulto en la revisión de las gavetas.
El primero es una vieja linterna eléctrica que se alimenta de la corriente producida por una dínamo. Hay que pulsar continuamente una palanquita para mantenerla encendida. No recuerdo con qué motivo me hice con ella. Seguramente me parecía muy ecológica, ya que no necesita pilas. Y, como no he tenido nunca que reponerle la bombilla con filamento de plata considero que es de lo más “sostenible” que se pueda uno encontrar. Con todo, tiene un inconveniente: la palanquita hace un ruido que suena con insistencia ¡ñeque, ñeque, ñeque¡
Estaba pensando que este defecto bastaba para desechar la linterna, cuando me acordé de aquella bienaventuranza que no está en la lista y que invita a despertar al dormido. La linterna ruidosa tiene la virtud aleccionadora de recordar que la Verdad, como la luz, no consigue despertar a nadie si no hay alguien que sepa expresarla en Palabras que que se oigan o se lean y, por lo tanto, sean aptas para transmitir una advertencia o un consejo. Sólo por esto me valió la pena decretar su indulto.
El segundo objeto que mereció tal gracia es un aparatito de mesa que sirve para afilar cuchillas de afeitar. Está compuesto por un sistema de palanquitas y pequeñas correas de transmisión que se accionan con una manivela. Recuerdo que daba muy buen resultado con las hojas “Palmera”, que eran más recias que las fabricadas por otras marcas.
Supongo que me compré la maquinita con la intención de ahorrarme dinero. Aunque teniendo yo una de esas barbas ralas, de las que en mi Castilla del Oro llaman “de Moctezuma”, de poco podría valerme la afiladora para propósito tan tacaño. Me disponía a desecharla cuando me acordé que siempre he recomendado austeridad a los míos y a cuantos me han hecho la merced de prestarme atención, y además, he procurado practicar personalmente el uso moderado, crítico y vigilante de los medios materiales. ¿Acaso este ingenioso artilugio de afilar cuchillas de afeitar usadas no es un recordatorio de ese propósito tantas veces fallido? Decidí, pues, que merecía el indulto.
El tercer objeto es un pequeño pistolete de salvas de esos que inventaron en París, a finales del siglo XIX, para que los peatones pudieran defenderse de los ciclistas que comenzaban a invadir las aceras. Al percutirlo, el pistolete producía un ruido desmesurado que resultaba al parecer muy útil para sobresaltar a los abusones que por aquél entonces ya habían descubierto el placer de circular en bicicleta haciendo eses y zig-zags entre los peatones con la morbosa expectativa de atropellar a los que no se apartaran a tiempo. Igual que en la Donosti de mis tormentos, solo que en París no tenían “bidegorris” y aquí si los tienen pero al parecer no les basta.
Aparte de su primer objetivo anticiclista, el pistolete tenía también un uso patriótico: lanzar le 14 de juillet pequeñas bengalas con los colores rojo, blanco y azul de la bandera de Francia. Yo he usado el pistolete para lanzar bengalas con ocasión de las fiestas de Navidad obteniendo gran éxito entre la chiquillería. Los niños son pirómanos redomados a los que sólo les falta adquirir experiencia. Vale la pena encauzar hacia lo lúdico estas inclinaciones antes de que los pequeños descubran el ardiente placer de los incendios provocados aunque sea en el mobiliario urbano. Decidí, pues, en buena hora, la concesión del indulto al ruidoso pistolete.
El cuarto objeto es una estrella solitaria de las que se ponen en la pechera los Sheriffs en el Estado y República de Texas. El portador legítimo de esa estrella ostenta la potestad de notificar mandamientos judiciales y de ponerlos en ejecución, de resguardar la paz si es preciso a tiros –por algo les llaman “law enforcing agents”-, de custodiar a los presos y de convocar a la población civil para formar un pelotón de voluntarios dispuestos a jugarse el cuero en la persecución de malhechores, pícaros, bergantes, malevos, malandrines, rebeldes y demás ralea. “¡Those are men!”, que diría Sam Houston. ¡La estrella fue indultada sin más consideraciones!
¿Y la momia de gato que tiene Vuestra Merced sobre una silla de su despacho? ¿acaso no la considera también un objeto caprichoso?
No es momia de gato, sino gato de peluche. Representa a “Mrs. Chippy”, un gato atigrado que formaba parte de la tripulación de la nave Indurance en la fracasada expedición de Sir Ernest Shackleton a la Antártida, de 1914-1916. Pertenecía el gato a Henry McNeish, carpintero de la expedición, nada ducho en sexuar felinos, que lo confundió con una hembra. De allí el nombre de “Mrs. Chippy”, que en español es lo mismo que “Doña Fulana”, lo cual no deja de ser contradictorio tratándose de un gato muy macho. Pero el micifuz, llevando al extremo su dignidad, no protestó nunca por semejante nombre. Como no protestó cuando tuvieron que deshacerse de él al ordenar Shackleton que los tripulantes prescindieran de todo lo superfluo para poder salvarse andando a pie por los mares de hielo donde había quedado aprisionado el “Indurance”. Se dice que se oyó al gato maullar ¡Farewell! al ver partir a sus compañeros y que a continuación entonó con voz melancólica, varonil y bien impostada: “When you go to Lambeth Walk” haciendo derramar lágrimas a los recios varones de la tripulación.
Era un gato de cuerpo entero. En este tiempo de cobardías y perneras mojadas, preciso es concederle el indulto a su efigie de peluche. Por cierto, gran tipo este Shackleton, que en su aventurado viaje sólo perdió una vida, la del gato, y eso para que se convirtiese en héroe. De este capitán debían tomar ejemplo los gobiernos y ministerios de defensa que diezman a sus propias tropas por la vía de los accidentes y del descuido.
Y no digo más sobre los indultados de las gavetas.
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