Y lo primero que tenemos que observar al respecto es la orfandad que esta versión del nacionalismo español sufre respecto a su objetivo principal que no es otro que “la unidad patria” que ya entonces se puede considerar lograda pese a las dificultades concretas que el momento pudiera ofrecer por las corrientes separatistas y el internacionalismo marxista. Por otra parte, es un hecho significativo que el contenido anticapitalista y antiliberal del nacionalismo español de integración queda frustrado porque sus formaciones no tuvieron otra salida que concurrir a la lucha en contra del agresivo bolchevismo internacionalista de entonces, alineándose junto a sectores genéricamente conservadores y mucho más poderosos que ellas a los que tuvo que subordinarse, como son los monárquicos liberales y la importante fracción militar que tomó el poder en España bajo el mando de Franco.
Otro dato a tomar en cuenta es que el nacionalismo español de integración del sigo XX ve la luz en una España en la que no existe ninguna motivación verdadera para el expansionismo territorial que fue la última justificación del Nazismo alemán y del Fascismo italiano. Ciertamente existe la reivindicación sobre Gibraltar, periódica y cautelosamente reavivada; pero el hecho decisivo es que España carece de todo proyecto de expansión internacional que no sea el resquicio que las grandes potencias – conferencia de Algeciras- le han dejado en calidad de sobras en el Norte de Africa. Esta carencia real de ambiciones territoriales convierte el tan cacareado “imperio hacia Dios”, en ese “flatus vocis” pseudo espiritual que tanto agradó al señor Ruiz Jiménez en su etapa apostólicamente pesudototalitaria. Esta es una de las razones por la cual el nacionalismo español de integración del siglo XX no es homologable con ninguno de sus contemporáneos europeos.
En cuanto a la sucesión de frustraciones aludidas en los párrafos anteriores, son suficientes para explicar también por qué el azucarillo del nacionalismo español de integración no haya conseguido, ni entonces ni ahora, diluirse en su medio como sí lo han conseguido hasta ahora los nacionalismos periféricos vasco y catalán, que en el fondo han seguido explotando en buena parte un filón doctrinario que puede considerarse “surplus” de guerra.
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