Para comenzar a entender lo acontecido en la cumbre de Santiago de Chile, hay que partir de un hecho sencillo, casi pedestre: el carácter campechano, y jatorra que, a falta de objetivos de mayor calado han tomado estas reuniones que se desenvuelven con un protocolo reducido al mínimo y dónde se congregan caras y calcetines de todos los colores para brindar, comer, discursear y murmurar unos de otros en plan de parientes poco importa si bien o mal avenidos. Ambientes de esta clase son los que favorecen la producción de incidentes como los que se han visto en la cumbre de Santiago de Chile. ¿No se dice en castellano que donde hay confianza da asco?
Y aquí comienza a doler el calzar zapatos tan cómodos, porque las palabras que aludiendo a aquél incidente ha soltado días después el presidente Cháves en la rueda de prensa convocada en los salones del hotel donde se hospedaba en París, se refirieron, en plan despectivo -como es usual en él respecto a personas que no le cuadran- a un rey de España que, según el presidente de Venezuela, había reaccionado mal sólo por estar hastiado de oír al indio Morales, al indio Ortega y al indio Cháves. La reticencia chaviana delata, a mi modesto entender, la existencia de un formateo mental digno de ser señalado: la falsa conciencia racial del mestizo que evita por todos los medios la palabra mestizo.
Porque, de todos los que han sido calificados como indios por el presidente de Venezuela, sólo Evo Morales, presidente de Bolivia, es indio propiamente dicho. Daniel Ortega es ladino, es decir mezcla antigua de español y de indio como lo es la enorme mayoría de los pobladores de Nicaragua y otros países de América central donde el mestizaje es casi completo y donde no ha habido flujos de inmigración europea en los siglos XIX y XX. El propio Cháves está muy lejos de ser un indio porque, a juzgar por el tipo antropológico que representa, se trata del producto de la mezcla de blanco, de negro y de indio, triplete nada raro en su país como en otros de la ribera caribeña y que en todo caso le daría la opción a ser llamado “pardo”.
¿Qué se esconde tras esta cortina de humo verbal en la que personajes tan dispares aunque unidos por su condición mestiza, son presentados como “indios”? Pues que un representante conspicuo de
En esta panorámica es fácil entender la macedonia onomástica en que se mueve el conjunto de países que en días más favorables Rubén Darío llamara “los cachorros sueltos del león español” y en la que sin duda debería incluirse por muchas razones el felino padre: ¿Iberoamérica, término amplio y cómodo que permite incluir al Brasil? ¿Hispanoamérica, como sería lo normal si no se hubiera proscrito el término hispano en el propio país que Darío, Chocano o Palma –ladinos de pro- no dudaban de llamar
Es una realidad palpable que nuestra comunidad de naciones carece incluso de nombre que sea comúnmente aceptado; pero, mal que nos pese, sigue siendo nuestra comunidad y ese nuestra no denota apetencias de dominación de tal o cual país sobre los demás sino expresión de afecto que si lo hay debiera ser recíproco. Con todo ¿no es legítimo discernir detrás de esa macedonia nominal un verdadero caos epistemológico acerca del propio ser? ¿No es dable ver en todo ello un indicio de la razón por la cual
Es casi inevitable que tal conglomerado sólo en casos contados sea capaz de mostrar verdadera solidaridad o verdadera solidez. Igual que la canción mexicana nos recuerda que de los huachinangos grandes salen los huachinanguitos, la milonga de la cumbre de Santiago nos ha venido a recordar que de
La posición respecto a España, es ambivalente. Las clases altas e ilustradas, de ideología libero-conservadora, caducada como ideal la esparcida savia francesa, admiran a
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