Es paradójico, verdaderamente paradójico. El mundo desacralizado de hoy está, sin embargo, transido de problemas que sólo se explican y tienen sentido si se acude a las raíces religiosas de los mismos.
El primero de esos problemas es el terrorismo islamista, cuya relación con lo religioso no requiere especial aclaración, tal es su terrible y confesada realidad.
El segundo es la vida y supervivencia del Estado de Israel, cuya última justificación está precisamente en la promesa de Yahvé de entregar la tierra prometida a los descendientes de Abraham, de Isaac y de Jacob, tal como se puede leer en el Deuteronomio.
El tercero, es el ingreso de Turquía en
Ninguno de estos problemas capitales puede ser considerado como simple barredura de un antiguo estiércol metafísico cuyo grueso se encontrara ya confinado en el cubo de la basura, ni como ahechaduras de quirófano destinadas a consumirse en el horno crematorio, cómo quiere dar a entender una cierta prensa despreciadora de todo lo religioso y proclive a engreírse con las simplificaciones que ella misma se inventa.
Encima de ser actuales, estos problemas tienen ya asegurada su presencia en el futuro. En efecto, yendo al primero de ellos, se puede comprobar que los islamistas ejercitan un terrorismo proyectivo que aspira a configurar el futuro del mundo estableciendo un califato universal. La naturaleza religiosa del problema viene subrayada por el hecho de que el califato será la confirmación y la garantía de que el mundo esté sometido al Islam tanto en lo temporal como en lo espiritual.
Siguiendo en la misma línea de examen, podemos comprobar que desde su fundación el 14 de mayo de 1948, el Estado de Israel lleva exactamente 59 años y cinco meses, es decir, la totalidad de su existencia, en estado de guerra con todos o con algunos de sus vecinos árabes, y en continuo conflicto con una parte de los pobladores árabes de Palestina. A pesar de las dificultades y las amenazas siempre presentes, es Israel uno de los países más dinámicos del mundo tanto en lo político y militar como en lo económico, lo industrial y lo tecnológico. Pero ninguna de estas notas despoja al problema israelí de su origen Veterotestamentario.
Los tres problemas comentados, se imbrican unos con otros de forma que constituyen todos juntos una madeja que se enreda a sí misma como el nudo de víboras de la cabellera de
Hoy mismo, sin meter la husma muy profundamente en el asunto, al problema de carácter crónico que es la ocupación de Chipre por las tropas turcas, se añade la intervención armada de éstas en acciones de represalia contra los kurdos iraquíes.
A su vez, la pervivencia del Estado de Israel, aunque considerada como un asunto típico del Oriente Próximo, es en realidad un problema mundial. Hay un Israel acosado, sí, pero que avanza lenta pero a mi juicio inexorablemente hacia su victoria definitiva. Un hipotético cambio desfavorable a Israel no solo perjudicaría a éste país, sino que afectaría a los Estados Unidos y, sobre todo, a
Y no termina allí todo, porque se está implementando en
De esa forma, la pretendida y ambiciosa Unión, puede quedar reducida a la actividad de mercado ejercida sobre un territorio de problemática delimitación política y de discutible determinación geográfica. ¿No significa esto que Europa quedará privada de la oportunidad de ser “la casa común”, el ámbito espiritual y cultural propicio a la acogida universal a la que está abocada por su propia historia?
La intrínseca mezquindad del proyecto laicista queda demostrada por el hecho de que se confíe la asimilación de la población musulmana a una medida restrictiva como la prohibición del velo a las escolares de ese credo, o a las decisiones acerca de los dineros públicos que afectan a la construcción de unos cuantos polideportivos más en los barrios marginales. No hay un proyecto común que convenza al espíritu y atraiga los ánimos de todos.
Pero examinemos finalmente el estado de la cuestión sin entretenernos mirando las cintas de colores que distraen de lo principal. Nos encontramos que, en resumidas cuentas, se quiere que haya dos instancias que, se supone, actúan sobre un vacío de aspiraciones espirituales.
Por un lado está el laicismo radical, convertido por la legislación en ideología de sentido. Una ideología de sentido es un sistema de ideas simples que quiere imprimir, desde el poder, una única configuración mental y moral a la sociedad entera.
Frente a esta ideología está el yihadismo islamista que pretende la sumisión de la humanidad a un Dios totalizante que no admite diferenciaciones entre el orden civil y el orden religioso.
De ambas instancias, que aspiran a ser conformadoras, la primera, es decir el laicismo radical, está en la plenitud de euforia que precede a las crisis ruinosas. La segunda, el Islam, que no ha alcanzado todavía la cota suficiente para marcar su impronta decisiva en el conjunto de la sociedad europea, parece inclinarse –no como unanimidad de individuos, pero sí como generalidad de tendencia- a actitudes propias de una marginalidad voluntaria, violenta y destructora. A partir de todas estas consideraciones, parece obligado concluir que los conductores actuales de
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