En agosto de 1945, la arcaica hazaña de reducir a polvo y cenizas las tolderías, las filas, las mujeres y las crías de los guerreros enemigos, brilló con resplandor de mil soles en el firmamento de las islas japonesas de Honshu y Kyushu. Desde aquel momento, la energía nuclear aparece en la imaginación de las masas como un monstruo de dos cabezas que responde a los nombres de Hiroshima y Nagasaki.
Bien es verdad que el horror pudo adoptar el nombre en español de Álamo Gordo, lugar del desierto de Nuevo México donde se hicieron explosionar las primeras bombas. O quedar identificado como Eniwetok y Bikini, atolones del Pacífico donde se realizaron pruebas que han pasado a la historia prolongada de Caín.
De cierta forma ninguna porción del planeta se ha escapado de la chamusquina atómica experimental. Terminada la Segunda Guerra Mundial, los EE.UU., la Rusia Soviética, el Reino Unido, la República Francesa y la China Comunista se entregaron como potros sin freno a una carrera por experimentar y almacenar bombas nucleares. Las cifras que circulan son dudosas; pero, así y todo, resultan más que suficientes para emponzoñar al mundo. Al club de las potencias atómicas se han unido tardíamente la India, con una única prueba; e Israel, que al menos ha tenido la gentileza de comenzar a apilar sus bombas sin sentirse en la obligación de hacer pruebas de ninguna clase.
Por lo que se suele decir, parece que los miembros del club atómico han procurado por todos los medios impedir la entrada de nuevos miembros; actitud que el buenismo al uso traduce por atajar la proliferación nuclear. No obstante, por todo lo que se cuece en el perol, se deduce que han conseguido hacer perfectamente compatible ese deseo con la propia exigencia de mantener y de mejorar el puesto que cada uno ostenta en el corro de los dominadores interesados en perpetuar sobre la tierra el equilibrio del miedo.
Lo curioso del caso es, para mí, que en el ámbito popular, no son las bombas atómicas y otras lindezas semejantes las que causan mayor alarma, sino las centrales nucleares dedicadas a la explotación industrial de la energía, asunto temporalmente necesario y que en la práctica es bastante más controlable que las bombas. Es en los arsenales atómicos donde se está incubando el huevo maligno de un Apocaplisis creado por los hombres, muy diferente de los Apocalipsis salvíficos de San Juan y de los profetas judíos. ¿Qué en qué arsenales digo? Pues en los oficiales y en los clandestinos, que de haberlos haylos. O puede haberlos.
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