Caso por caso, casi nunca hay nada que añadir o quitar del consabido esquema de los dramas pasionales de hoy: socio de cama y cobija defraudado porque reclama la coyunda habitual que la otra ya no le quiere dar; o cipote de ocasión que, al verse contrariado en sus rijos, toma venganza de la peor manera posible: quitando la vida a la destinataria e inspiradora de un ramalazo pasional que bien pronto cayó en la turbiedad del crimen.
Es difícil expresarlo; pero llama la atención la inadvertencia con que las víctimas y los hechores corren a sumirse de cabeza en el vórtice del huracán pasional que acarreará, aunque de muy distinta manera, la perdición de ambos. Por lo regular, víctima y victimario parecen ignorar la violencia que puede llegar a adquirir las propias pasiones una vez desatadas. Y es el suyo un ignorar tan ignorante que hasta podría parecer inocencia si no hubiera tantas razones para comprobar lo contrario.
En efecto, los protagonistas de estos sucesos no son ajenos a la procura de una sexualidad que rehuye todo compromiso moral, social e incluso sentimental, aunque otra cosa quiera dar a entender a veces la cursi expresión “compañeros sentimentales.” Los anticonceptivos multimodales y la posibilidad real del aborto les animan –sobre todo a los individuos jóvenes- a confiar en que no hay consecuencias que no puedan ser evitadas, ni responsabilidades ante las que no se pueda escurrir el bulto. La permisividad hace que la faceta social y familiar de la barrera del pudor quede anulada de antemano.
Por antigua certidumbre se sabe que los intercambios sexuales planteados a la ligera no escapan a la tiranía de las hormonas y al imperativo de la voluntad de dominación. Pero sucede que en estos lances ellos y ellas eligen hoy comportarse de una forma “naïf”, como queriendo ignorar que están jugando con sus tendencias ferales. Cada cual y cada cuala quieren mostrarse ingenuos mimetizando una candidez que no resulta creíble en vidas que, por todos los indicios, habían decidido explorar a todo riesgo lo que da de sí el placer inmediato.
Han creído que era compatible con la pasión venérea la despreocupación de una falsa inocencia que, por desgracia, sólo se transformó para ellos en algo más genuino cuando, al lado de los “eurekas” del placer que buscaban, toparon brutalmente con el dolor y con el horror que acudieron sin ser llamados. Habían elegido la mecha corta. Y jugaban con explosivos.
Es difícil expresarlo; pero llama la atención la inadvertencia con que las víctimas y los hechores corren a sumirse de cabeza en el vórtice del huracán pasional que acarreará, aunque de muy distinta manera, la perdición de ambos. Por lo regular, víctima y victimario parecen ignorar la violencia que puede llegar a adquirir las propias pasiones una vez desatadas. Y es el suyo un ignorar tan ignorante que hasta podría parecer inocencia si no hubiera tantas razones para comprobar lo contrario.
En efecto, los protagonistas de estos sucesos no son ajenos a la procura de una sexualidad que rehuye todo compromiso moral, social e incluso sentimental, aunque otra cosa quiera dar a entender a veces la cursi expresión “compañeros sentimentales.” Los anticonceptivos multimodales y la posibilidad real del aborto les animan –sobre todo a los individuos jóvenes- a confiar en que no hay consecuencias que no puedan ser evitadas, ni responsabilidades ante las que no se pueda escurrir el bulto. La permisividad hace que la faceta social y familiar de la barrera del pudor quede anulada de antemano.
Por antigua certidumbre se sabe que los intercambios sexuales planteados a la ligera no escapan a la tiranía de las hormonas y al imperativo de la voluntad de dominación. Pero sucede que en estos lances ellos y ellas eligen hoy comportarse de una forma “naïf”, como queriendo ignorar que están jugando con sus tendencias ferales. Cada cual y cada cuala quieren mostrarse ingenuos mimetizando una candidez que no resulta creíble en vidas que, por todos los indicios, habían decidido explorar a todo riesgo lo que da de sí el placer inmediato.
Han creído que era compatible con la pasión venérea la despreocupación de una falsa inocencia que, por desgracia, sólo se transformó para ellos en algo más genuino cuando, al lado de los “eurekas” del placer que buscaban, toparon brutalmente con el dolor y con el horror que acudieron sin ser llamados. Habían elegido la mecha corta. Y jugaban con explosivos.
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