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jueves, 24 de septiembre de 2009

Demencial


Hay un grave obstáculo para rendir el acostumbrado culto de hiperdulía al General Bolivar con ocasión de cumplirse el Segundo Centenario de la Independencia de la América Meridional: la imposibilidad de encontrar coherencia en su ideología y en su conducta, pues el proclamado Libertador fue el guía errático, el gran  contradictor de sí mismo, el gran arrepentido o el gran fracasado,  según se miren las cosas.

¿Cómo compatibilizar, p.e., su cacareado humanitarismo con su expeditiva orden de  exterminar a todos los varones mayores de 15 años en la región de Pasto, barbarie a la que hay que añadir la “dispersión” forzosa de las mujeres y de los menores que con aquella medida quedaban desamparados? ¿ O cómo ignorar que fue Bolivar quien firmó el “Decreto de  Guerra a Muerte” que condenaba a peninsulares y canarios – los vascos tampoco se libraron- a ser pasados por las armas ?

Por otro lado ¿no es acaso muestra de su escasa visión como estadista la estúpida admiración que profesaba a Inglaterra como nación benéfica que guiaría ¡desinteresadamente! a la América ex española por la senda inmarcesible del progreso y de la libertad? ¿Y qué decir de la convocatoria bolivariana para reunir en la Panamá   empobrecida por la guerra civil e infectada de malaria y fiebre amarilla, a los plenipotenciarios de las Américas y de las potencias del mundo para formar una Anfictionía o alianza al estilo de la Grecia clásica? ¿O tendremos que preferir al Bolivar admirador de Petión, tirano negro de Haití al que el venezolano tenía por  digno de imitación? ¿Y qué pensar del llamado caudillo de la “unidad continental” que, encima de dividir definitivamente en dos al antiguo y poderoso Virreinato del Perú, se permitió rotular con el nombre de Bolivia –derivado de su propio apellido- al enorme territorio del Alto Perú, objeto de la secesión ?

La mejor parábola acerca de ese Océano de confusiones y contradicciones que fue Don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolivar y Palacios,  la escribió hace años el  colombiano Gabriel García Márquez en su obra “El General en su laberinto”. No otra cosa que laberinto fue el mundo de las decisiones y de las ideas de Bolivar, que al final de sus días –paradójicamente acogido en casa de un español-  expresó que había “arado en el mar”. Puede que Bolivar con sus sinuosidades comunique la sensación de valer lo mismo para un roto que para un descosido. Pero es demencial que sobre su contradictorio y sangriento legado se quiera refundar todo un continente. No fue posible ayer. Tampoco lo será ahora, aunque sea el Coronel Cháves quien lo intente.


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