De ordinario las alfombras sirven para recubrir los suelos. Cuando cuelgan de las paredes, a las alfombras las llamamos tapices; y tapetes a las más pequeñas que sirven para ornamento de veladores, mesillas y muebles semejantes.
Algo tienen que ver estos productos del telar con la ocultación y el disimulo, porque tapiz, por ejemplo, es palabra emparentada con tapadera, con tapón y con tapar, y también con esa pequeña porción de alimentos sólidos que se ponía a manera de tapa sobre la boca del chato o de la copa para acompañar la bebida y que, por servirse frecuentemente pinchada en palillos pasó a llamarse pincho o banderilla. Oculta en una alfombra enrollada se presentó Cleopatra a César. Y es fama que las alfombras sirven a las barrenderas poco diligentes para esconder el polvo que debían barrer.
Según se cuenta en las Las Mil y Una Noches, en tiempos de Harum-al Raschid había en Bagdad alfombras mágicas que servían para volar. Y aún hoy en día, los musulmanes usan las alfombras como reclinatorios para elevar sus preces que, viendo las cosas bien, es una forma de remontar el vuelo.
Las alfombras contribuyen a la comodidad de los hogares y al sosiego de los vecinos convirtiendo el andar en un ejercicio muelle y silencioso. Con todo, pueden constituir un obstáculo para quienes se desplazan con dificultad. Por eso, no hay alfombras extendidas en casa de los viejos, de los cojos y de los parapléjicos.
Moverle la alfombra a uno es ponerlo en condiciones de perder el equilibrio en cualquier materia. Extender ante alguien “la alfombra roja” es recibirlo con todos los honores. Alfombrar la calle de papeles es inundarlas de propaganda volandera. Levantar las alfombras es acción exploradora encaminada a descubrir cosas que estaban destinadas a permanecer ocultas.
A los políticos les da a veces por “barrer bajo las alfombras” dando a entender al pópulo que a golpe de escoba las Expañas se desharán de la inmundicia oculta. Pero es sabido que las escobas, en manos de ciertos políticos, tanto valen para barrer como para echarse a volar, igual que si se tratara de brujas. ¿Y qué pensar de todo esto? Yo pienso que, dados los altísimos principios de la moral dominante que advierte que “donde las dan las toman” y que “de tonto del nabo es exponerse a que le pisen el rabo” sólo debían atreverse a barrer bajo las alfombras quienes estuvieran verdaderamente limpios de polvo y paja, y eso con grandes precauciones. En cuanto al vuelo en escoba por motivos políticos, sólo cabe recordar que, mucho más difícil que emprender el vuelo es saber dónde posarse. Digo.
Algo tienen que ver estos productos del telar con la ocultación y el disimulo, porque tapiz, por ejemplo, es palabra emparentada con tapadera, con tapón y con tapar, y también con esa pequeña porción de alimentos sólidos que se ponía a manera de tapa sobre la boca del chato o de la copa para acompañar la bebida y que, por servirse frecuentemente pinchada en palillos pasó a llamarse pincho o banderilla. Oculta en una alfombra enrollada se presentó Cleopatra a César. Y es fama que las alfombras sirven a las barrenderas poco diligentes para esconder el polvo que debían barrer.
Según se cuenta en las Las Mil y Una Noches, en tiempos de Harum-al Raschid había en Bagdad alfombras mágicas que servían para volar. Y aún hoy en día, los musulmanes usan las alfombras como reclinatorios para elevar sus preces que, viendo las cosas bien, es una forma de remontar el vuelo.
Las alfombras contribuyen a la comodidad de los hogares y al sosiego de los vecinos convirtiendo el andar en un ejercicio muelle y silencioso. Con todo, pueden constituir un obstáculo para quienes se desplazan con dificultad. Por eso, no hay alfombras extendidas en casa de los viejos, de los cojos y de los parapléjicos.
Moverle la alfombra a uno es ponerlo en condiciones de perder el equilibrio en cualquier materia. Extender ante alguien “la alfombra roja” es recibirlo con todos los honores. Alfombrar la calle de papeles es inundarlas de propaganda volandera. Levantar las alfombras es acción exploradora encaminada a descubrir cosas que estaban destinadas a permanecer ocultas.
A los políticos les da a veces por “barrer bajo las alfombras” dando a entender al pópulo que a golpe de escoba las Expañas se desharán de la inmundicia oculta. Pero es sabido que las escobas, en manos de ciertos políticos, tanto valen para barrer como para echarse a volar, igual que si se tratara de brujas. ¿Y qué pensar de todo esto? Yo pienso que, dados los altísimos principios de la moral dominante que advierte que “donde las dan las toman” y que “de tonto del nabo es exponerse a que le pisen el rabo” sólo debían atreverse a barrer bajo las alfombras quienes estuvieran verdaderamente limpios de polvo y paja, y eso con grandes precauciones. En cuanto al vuelo en escoba por motivos políticos, sólo cabe recordar que, mucho más difícil que emprender el vuelo es saber dónde posarse. Digo.
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