Apenas apagados los ecos de las marchas que acompañan a los pasos de Semana Santa por las calles de tantos pueblos y ciudades, y el rebufo reactivo que entre los partidarios del aborto ha ocasionado la presencia entre los cofrades de algunas insignias y pancartas a favor de los fetitos muertos, me dispongo a recoger un conjunto de observaciones que me ha sugerido esta celebración católica, que tan distante se muestra de las iconoclastias de moda y, sobre todo, tan desacompasada está del ritmo loco de los tiempos que cursan.
Esto es precisamente lo que choca con los usos de hoy: el ritmo de la Semana Santa es lento, moroso; se deleita en contener los minutos, en retenerlos en una especie de invisible red que consigue enlentecer la inevitable fuga del tiempo. Los hilos de esta red, no por figurados son menos eficaces para atrapar, como en magnífica tela de araña, los sentidos de los participantes y de los meros espectadores de las procesiones.
El color es lo primero que llama la atención en cualquiera de ellas, no importa que sea en Sevilla o en la austera Córdoba, en Málaga frívola o en Valladolid solemne, en Zamora, en Zaragoza, en Segura o en Olot. En cada una de ellas existe, en su medida y expresión, un cromatismo especial cuyas características es posible captar sin ninguna dificultad por la simple mirada. Y esa mirada, si es de admiración siempre será ingenua, y por eso mismo se salvará de ser una mirada simple.
Y al lado del color, el aroma de las flores, el humo del incienso, el dejo olfativo de las ceras ardientes en la humedad de la madrugada. Y la coloratura musical que el oído percibe como en la hondura de un ambiente batido por sucesivas oleadas de generosidad sonora.
En las procesiones, el ritmo, que es musical tanto como es cósmico y biológico, y que palpita en nuestro organismo a través de los latidos del corazón, de los movimientos peristálticos y de los ritmos circadianos, se hace presente en el acompasado avanzar de la muchedumbre, en el desplazamiento de los pasos que ilustran cada momento de la pasión de Cristo, en la sucesión de los altos o paradas destinados al descanso de los cargadores, en la sugerente sucesión de música y silencios, en los cánticos, en las ovaciones que provoca una maniobra hábil de los costaleros al salvar un paso difícil del trayecto o en la aclamación que suscita la visión esplendente de un escorzo bello de la imagen que avanza como bendiciendo a la multitud.
Los pasos procesionales son verdaderas ilustraciones escultóricas, descripciones silentes; representaciones estáticas – mas no por eso inmóviles- de un teatro callejero que cautiva al espectador y suscita en él las emociones más elevadas.
La palabra paso es rica en polisemias que se acomodan al sentido de la Semana Santa. Si se opone a recio, sirve para designar lo que es hecho con delicadeza y cuidado Y mucha delicadeza, primor y cuidado hay en los pasos de Semana Santa.
Cuando se refiere a la parla, paso equivale a hablar quedo, a expresarse en voz baja. Y los pasos de Semana Santa hablan un idioma íntimo que todos perciben como una proclamación de la belleza, pero que solo los creyentes y devotos llegan a descifrar en su significado plenario y hondo.
En la Edad Media, paso era una unidad de longitud que equivalía a tres pies, que no eran los que a algunos buscan al gato, sino los que indicaban la medida extrema de lo que podía ser traspasado por armas como las saetas, las jabalinas y las lanzas, llamadas por eso, “armas pasadoras.” Y la Semana Santa rememora a Cristo dispuesto, como trofeo de caza en el madero, para ser traspasado con clavos y horadado en el pecho por un golpe de lanza.
Aún dan más de sí los pasos de Semana Santa, porque el objeto de dicha celebración es llegar, paso a paso, a través de la Pasión y Muerte de Cristo, a lo que es el fundamento de la Fe y de la Esperanza cristianas: la Pascua de Resurrección. Y Pascua en nuestro romance viene de la palabra hebrea pasch, que es tanto como tránsito, pasada o paso, refiriéndose al del angel exterminador que dio muerte en una noche a los primogénitos de los egipcios, tal como se cuenta en el Libro del Exodo. La Pascua cristiana se refiere al paso o pasada del Verbo encarnado trayendo consigo no el exterminio de nadie, sino la remisión de los pecados y la redención del universo entero.
La memoria colectiva, que es el residuo de lo que queda en el pópulo después de haber olvidado lo principal, rinde homenaje a ese acontecimiento con la exclamación castellana ¡Qué pasada!, que se emplea cuando se quiere encarecer el efecto sorprendente o la inesperada consecuencia de un acto o de un acontecimiento cualquiera.
No se si a Vuestra Merced también, pero a mi me es imposible detenerme sólo en considerar las procesiones de Semana Santa como desfiles de muñecos suntuosamente engalanados. O como rebuscadas manifestaciones de credulidad que, en estos tiempos supuestamente tan racionales, debían ocultarse en los templos como algo vergonzoso. O como extemporáneas imitaciones de los desfiles del Ku Klux Klan, como si las caperuzas de Dixie Land fuesen más antiguas que las carozas de los penitentes. O como una atracción callejera para guiris respecto a la cual el Obispo y los cofrades debían estar al servicio del Patronato de Turismo de cada localidad.
Para mí la Semana Santa es, además y sobre todo, un acto de culto -la Iglesia lo define como sacramental- una síntesis de fe, de sensibilidad popular, de belleza que cristaliza en la historia como un llamamiento a la verdad y al bien. ¡Qué pasada! ¡Amigos, qué pasada!
Esto es precisamente lo que choca con los usos de hoy: el ritmo de la Semana Santa es lento, moroso; se deleita en contener los minutos, en retenerlos en una especie de invisible red que consigue enlentecer la inevitable fuga del tiempo. Los hilos de esta red, no por figurados son menos eficaces para atrapar, como en magnífica tela de araña, los sentidos de los participantes y de los meros espectadores de las procesiones.
El color es lo primero que llama la atención en cualquiera de ellas, no importa que sea en Sevilla o en la austera Córdoba, en Málaga frívola o en Valladolid solemne, en Zamora, en Zaragoza, en Segura o en Olot. En cada una de ellas existe, en su medida y expresión, un cromatismo especial cuyas características es posible captar sin ninguna dificultad por la simple mirada. Y esa mirada, si es de admiración siempre será ingenua, y por eso mismo se salvará de ser una mirada simple.
Y al lado del color, el aroma de las flores, el humo del incienso, el dejo olfativo de las ceras ardientes en la humedad de la madrugada. Y la coloratura musical que el oído percibe como en la hondura de un ambiente batido por sucesivas oleadas de generosidad sonora.
En las procesiones, el ritmo, que es musical tanto como es cósmico y biológico, y que palpita en nuestro organismo a través de los latidos del corazón, de los movimientos peristálticos y de los ritmos circadianos, se hace presente en el acompasado avanzar de la muchedumbre, en el desplazamiento de los pasos que ilustran cada momento de la pasión de Cristo, en la sucesión de los altos o paradas destinados al descanso de los cargadores, en la sugerente sucesión de música y silencios, en los cánticos, en las ovaciones que provoca una maniobra hábil de los costaleros al salvar un paso difícil del trayecto o en la aclamación que suscita la visión esplendente de un escorzo bello de la imagen que avanza como bendiciendo a la multitud.
Los pasos procesionales son verdaderas ilustraciones escultóricas, descripciones silentes; representaciones estáticas – mas no por eso inmóviles- de un teatro callejero que cautiva al espectador y suscita en él las emociones más elevadas.
La palabra paso es rica en polisemias que se acomodan al sentido de la Semana Santa. Si se opone a recio, sirve para designar lo que es hecho con delicadeza y cuidado Y mucha delicadeza, primor y cuidado hay en los pasos de Semana Santa.
Cuando se refiere a la parla, paso equivale a hablar quedo, a expresarse en voz baja. Y los pasos de Semana Santa hablan un idioma íntimo que todos perciben como una proclamación de la belleza, pero que solo los creyentes y devotos llegan a descifrar en su significado plenario y hondo.
En la Edad Media, paso era una unidad de longitud que equivalía a tres pies, que no eran los que a algunos buscan al gato, sino los que indicaban la medida extrema de lo que podía ser traspasado por armas como las saetas, las jabalinas y las lanzas, llamadas por eso, “armas pasadoras.” Y la Semana Santa rememora a Cristo dispuesto, como trofeo de caza en el madero, para ser traspasado con clavos y horadado en el pecho por un golpe de lanza.
Aún dan más de sí los pasos de Semana Santa, porque el objeto de dicha celebración es llegar, paso a paso, a través de la Pasión y Muerte de Cristo, a lo que es el fundamento de la Fe y de la Esperanza cristianas: la Pascua de Resurrección. Y Pascua en nuestro romance viene de la palabra hebrea pasch, que es tanto como tránsito, pasada o paso, refiriéndose al del angel exterminador que dio muerte en una noche a los primogénitos de los egipcios, tal como se cuenta en el Libro del Exodo. La Pascua cristiana se refiere al paso o pasada del Verbo encarnado trayendo consigo no el exterminio de nadie, sino la remisión de los pecados y la redención del universo entero.
La memoria colectiva, que es el residuo de lo que queda en el pópulo después de haber olvidado lo principal, rinde homenaje a ese acontecimiento con la exclamación castellana ¡Qué pasada!, que se emplea cuando se quiere encarecer el efecto sorprendente o la inesperada consecuencia de un acto o de un acontecimiento cualquiera.
No se si a Vuestra Merced también, pero a mi me es imposible detenerme sólo en considerar las procesiones de Semana Santa como desfiles de muñecos suntuosamente engalanados. O como rebuscadas manifestaciones de credulidad que, en estos tiempos supuestamente tan racionales, debían ocultarse en los templos como algo vergonzoso. O como extemporáneas imitaciones de los desfiles del Ku Klux Klan, como si las caperuzas de Dixie Land fuesen más antiguas que las carozas de los penitentes. O como una atracción callejera para guiris respecto a la cual el Obispo y los cofrades debían estar al servicio del Patronato de Turismo de cada localidad.
Para mí la Semana Santa es, además y sobre todo, un acto de culto -la Iglesia lo define como sacramental- una síntesis de fe, de sensibilidad popular, de belleza que cristaliza en la historia como un llamamiento a la verdad y al bien. ¡Qué pasada! ¡Amigos, qué pasada!
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