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sábado, 14 de noviembre de 2009

Recortes

En esta hora de severos recortes a la investigación se me ocurre recordar que fue Miguel de Unamuno, quien soltó en mala hora aquello de “que inventen ellos”. Esa frase, despectiva e imperiosa, señalaba, más que todo, que aquella España que los de la generación del 98 estaban imaginando debía decidirse más por las cosas del espíritu que por la positividad de las ciencias o la directa practicidad de la tecnología.

Por una razón o por otra, Unamuno casi no gusta a nadie hoy en día. Y yo, por mi parte,  no alcanzo a entender bien la maniquea separación unamuniana entre el espíritu por un lado y las ciencias por otro; pero, la verdad, todo parece indicar que se ha hecho cumplido caso a lo que de negativo tiene la ocurrencia del solitario Rector.

Porque desde los lejanos tiempos del Dr. Huarte de San Juan, del Dr. Hernández, y del Dr. Menardez, hasta los del hodierno siglo XXI, España es un erial científico en el cual sobrenadan personalidades poderosas que enarbolaron como pudieron el torrotito de la investigación. No voy a entretenerme en rememorar, por consabidos, a Santiago Ramón y Cajal, Isaac Peral, Torres Quevedo, Juan de la Cierva, al Dr.Trueta o al Dr Ochoa de Albornoz. Tampoco voy a citar a los que ayer o anteayer, seducidos por ofertas oficiales, osaron retornar del extranjero; ni a los que ahora mismo se enfrentan con los feroces recortes que con la crisis han hecho diana, qué casualidad,  en las rúbricas de investigación más serias.

La cuestión es más grave de lo que parece porque, aún siendo hoy más numerosos los científicos que en otras épocas, ni por su número, ni por su trabajo de laboriosas abejas  alcanzan a colmatar el desnivel que separa a España, p.e., de un país pequeñín como Bélgica.

En resumen, en el jardín de las ciencias experimentales, no abundan  precisamente los claveles españoles y pasa lo mismo con las ufanas gardenias expañolas. Ni tan siquiera los imponentes archivos o las grandes bibliotecas heredadas del pasado disponen de presupuesto, ni de personal en número suficiente, para ser gestionados con la eficacia y el provecho que cabría esperar. De hecho, esa acumulación de tesoros archivísticos y bibliográficos es inoperante en cuanto a servir de cauce profesional a los jóvenes doctorandos e investigadores en humanidades y ciencias sociales que se ven necesitados de emigrar. En el cacareado diálogo de civilizaciones, la civilización ibérica, regida por el cortoplacismo de los políticos, parece enfrascada en asegurar su propio silencio.

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