martes, 11 de agosto de 2009
Bang
El terrorismo es una actividad homicida que disturba la conciencia de algunos. Y digo de algunos y no de muchos, porque la experiencia aconseja no hacerse ilusiones en materia que exige cierta exquisitez, cuanto más que el terrorismo es considerado hoy como un pragmático modus operandi cuyo calado moral ha de medirse de acuerdo a la oportunidad política o al consenso social. Tiene miga el asunto, porque el terrorista, erigido en juez, fiscal, verdugo e incluso en difamador de sus víctimas, reclama para sí la licencia de catalogar la vida y el sufrimiento de otros seres humanos, según el provecho que con eso pueda obtener para avanzar hacia sus objetivos.El acostumbramiento de los ciudadanos a ver aplicar esa catalogación, corrompe las conciencias y a la vez provoca hipócritas distorsiones en el modo de convivir y de expresarse. El efecto será tanto más profundo cuanto más prolongada haya sido la práctica terrorista y cuanto más dinámico sea, en el seno de la sociedad, el segmento de población congruente con el terrorismo. Y que conste que evito hablar de cifras y de calificar de tontos o de listos a los miembros de tal segmento, porque quiero recalcar que lo que tiene importancia es el dinamismo del grupo y no el número ni las capacidades intelectivas de sus miembros.Pero se nos dice y se nos repite, que el terrorismo no conduce a nada porque quienes lo practican serían un reducidísimo grupo de descerebrados, o acaso de animales de bellota dotados de una ferocidad incoercible que nada tiene que ver con los vascos, esas gentes sencillas que danzan al pie del Pirineo al son del chistu y del tamboril. Se trata de argucias inevitables y quizá necesarias para el poder establecido cuando ha renunciado a sustentarse sobre principios morales y, que, al no contar con argumentación de más fuste, se ve precisado a sacralizar a su manera la configuración jurídico-formal del orden establecido o a dibujar coros de ángeles sobre las ufanías locales. De allí también que se otorgue a la opinión publicada la función de Tribunal de Corroboración que consiga hacer pasar por verdades, coletillas ingenuas como esa de que el terrorismo no conduce a nada. Pues miren vuestras mercedes, a Menahen Beguin, a Yaser Arafat, a John Hume y a David Trimble los condujo, de bomba en bomba, al Premio Nobel de la Paz, sin contar con las metas intermedias. Son las “parajodas” de la cultura de la muerte. En esa estamos ¿O no? ¡Bang!www.maquinaciones.info
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