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martes, 31 de agosto de 2010

¿Libertad de Elección?

Una de las ficciones políticas que más empuje tiene a la hora de movilizar a las multitudes, es la llamada libertad de elección. Pero, tal libertad está tejida de una materia ilusoria: detrás de ella no se encuentra la anchurosa plaza que su ambicioso enunciado promete, sino  un reducido número de palcos ocupados por los oligarcas de los partidos que en nuestro medio son conocidos con el nombre de los barones.

Son los barones de cada partido, los que toman las decisiones que a las bases corresponderían. Claro que al ciudadano corriente siempre le queda el recurso de administrarse esa pildorita adormecedora disponible sin receta, y que induce a dar por bien hecho todo lo que los barones decidan. Desde antiguo a esa pildorita, común en nuestros pagos, se la llamó devotio iberica.

Para mantener viva esa particular devoción, existen tres medios de probada eficacia: el primero de todos  es la propaganda institucional, que permite ensalzar a un partido valiéndose de los dineros públicos; el segundo es la vehiculación de la propaganda a través de los medios de comunicación oficiosos que son aquellos que, en agradecimiento de los favores recibidos, defienden la línea de un partido determinado; y, tercero, el empleo a fondo de los medios que podemos calificar de mantenidos, cuyo “status” no precisa de mayores explicaciones. Este sistema trimembre, ligado a los usuarios del poder, se basta y sobra para mantener al ciudadano dentro del corralillo electoral que le corresponda.

En cuanto a las críticas, que siempre surgen, se suelen soslayar hablando mal de los ricos, como si los barones de los partidos no fueran ricos o no mostrasen inclinación a serlo en un tiempo record.  Muy socorrido es también el recurso de soplar sobre la brasa de las ufanías locales, regionales o forales con el propósito de enconar la  discordia identitaria. Por último hay que citar la táctica llamada de la “ pared de  rebote” que consiste en airear a los cuatro vientos la  corrupción del adversario, queriendo dar a entender que, como  todos han hozado en el mismo fiemo, al ciudadano de a pie no le queda otra salida que dar con su voto un espaldarazo a la costra de corrupción.

El marco de esta escena de la inexistente libertad de elección, lo ofrece la propia ley de partidos. Lo demás lo pone el sostenido esmero en mantener un seto de espinosos  ardides encaminados a impedir que el ciudadano se acerque a sus propios pensamientos y llegue a  tomar decisiones con independencia de lo que la propaganda dicta y la rutina le sugiere.


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