Si algo bueno puede salir de esta crisis que estamos pasando, es la convicción práctica de que todos navegamos en el mismo barco y que, de la suerte que éste corra, ya por el buen efecto de repentina bonanza, ya por la nefasta combinación de tempestad y naufragio, no puede quedar libre nadie. Y da lo mismo que se trate de pasajeros de lujo, de tripulantes que se afanan en los oficios o de ratas que hurgan en la sentina. Las pruebas de esta anchurosa afirmación están a la vista en el diario acontecer. Invito al lector a que por su cuenta las discierna, no sin advertirle que muchos pormenores quedarán ocultos por el haz de sombría sospecha que sobre las instituciones públicas arrojan los manejos de los politicastros y locuelas que monitorizan la situación a su manera.
Pero no seamos cenizos y volvamos a insistir: navegamos en el mismo barco; y hay que añadir que con la esperanza de topar con la baliza que nos indique la bocana que da acceso al puerto de la solidaridad en el cual, se supone, deben caber tanto los que mandan, disponen y gobiernan como los que por imposición del guión tienen que someterse a aquellos ya en el centro, ya en la periferia.
Y lo digo porque, en este Reino de las Diecisiete Repúblicas, la crisis económica coincide con un momento de pronunciado declive de la conciencia común. Esto, unido a la acentuación artificiosa de los particularismos regionales y al exigente planteamiento de las excepcionalidades culturales, puede desembocar en fractura social y en parcelación territorial. Y esa fragmentación ha de tener un precio que al final considerarán excesivo los mismos feriantes que han instalado el tenderete del desguace. Hay resultados, como éste, que se consiguen sin ser deseados; y de esta posibilidad no está a salvo ninguna sociedad, y menos una tan descuidada consigo misma como es la española. Tampoco habría que olvidar - pese a las razones que cada uno pueda aportar en satisfacción de su propia ufanía- que los expañoles del futuro serían molestamente parecidos a los españoles de ahora, sólo que mucho más baratos y más vulnerables.
Tengo para mí que una de las urgencias de este momento es no dejar a un lado la solidaridad, hermana menor del amor y tan desconocida como éste. Suena a cursi pero, de cierta forma, la solidaridad es la dosis de amor que mejor encaja en la vida pública. Y si es así, habrá que pensar en el retorno de algunas nociones hoy caídas en desuso como es la de bien común, merecedora de ocupar el puesto rector de la razón práctica en la política y de servir de estrella orientadora de quienes, por encima de las denominaciones de los partidos, aspiren a merecer el nombre de políticos.
Pero no seamos cenizos y volvamos a insistir: navegamos en el mismo barco; y hay que añadir que con la esperanza de topar con la baliza que nos indique la bocana que da acceso al puerto de la solidaridad en el cual, se supone, deben caber tanto los que mandan, disponen y gobiernan como los que por imposición del guión tienen que someterse a aquellos ya en el centro, ya en la periferia.
Y lo digo porque, en este Reino de las Diecisiete Repúblicas, la crisis económica coincide con un momento de pronunciado declive de la conciencia común. Esto, unido a la acentuación artificiosa de los particularismos regionales y al exigente planteamiento de las excepcionalidades culturales, puede desembocar en fractura social y en parcelación territorial. Y esa fragmentación ha de tener un precio que al final considerarán excesivo los mismos feriantes que han instalado el tenderete del desguace. Hay resultados, como éste, que se consiguen sin ser deseados; y de esta posibilidad no está a salvo ninguna sociedad, y menos una tan descuidada consigo misma como es la española. Tampoco habría que olvidar - pese a las razones que cada uno pueda aportar en satisfacción de su propia ufanía- que los expañoles del futuro serían molestamente parecidos a los españoles de ahora, sólo que mucho más baratos y más vulnerables.
Tengo para mí que una de las urgencias de este momento es no dejar a un lado la solidaridad, hermana menor del amor y tan desconocida como éste. Suena a cursi pero, de cierta forma, la solidaridad es la dosis de amor que mejor encaja en la vida pública. Y si es así, habrá que pensar en el retorno de algunas nociones hoy caídas en desuso como es la de bien común, merecedora de ocupar el puesto rector de la razón práctica en la política y de servir de estrella orientadora de quienes, por encima de las denominaciones de los partidos, aspiren a merecer el nombre de políticos.
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