Seis toros, seis. Una fiesta que convierte la tarde en otra cosa.Una fiesta de tronío, palabra que lo mismo podría venir de trueno que de trono.
Agustín Lara, el compositor mexicano autor de Granada y del Schotís Madrid, eligió el trueno cuando expresó que no cambiaba por un trono su barrera de sol. Así lo dijo en un pasodoble que dedicó a Silverio Pérez al que en su tierra llamaban Diamante del Redondel. Y pasando del cante a los poderosos de la tierra, recuerdo a medias que un Virrey de México famoso por su aversión a los toros, llegó a anular por decreto las que se habían celebrado en la capital aprovechando su ausencia. Y que a Franco, don Francisco, le gustaban la caza y la pesca y las películas de la precoz artista Marisol; pero no la fiesta de los toros. Sólo su propósito de no meterse en política indujo al Caudillo a resignarse a ser un antitaurino silente. Porque amigos, ser taurino o antitaurino es una de las posibilidades más serias que se ofrecen lo mismo al español que al iberoamericano que no ha incurrido en “latinaje”y, a juzgar por lo que acontece ahora en Cataluña, también a los expañoles.
Y aún habrá que añadir a los portugueses. Oliveira Salazar aborrecía los toros; pero como no quería torear en exceso a sus compatriotas, dejó que tuvieran la fiesta en paz.. En cambio fomentó el fado que sí le gustaba, y nunca ocultó su entusiasmo por la genial Amalia Rodríguez. Y ya que hablamos de Portugal, el marqués de Pombal que en el país hermano pasa por ser una figura histórica antitaurina, reguló las corridas prohibiendo la muerte del toro. Pero no lo hizo por compasión al astado, como creen algunos, sino por evitar el riesgo que entrar a matar suponía para los jóvenes de la aristocracia portuguesa, únicos autorizados en aquél entonces, S.XVIII, para ser toreros y que competían entre sí hasta la muerte con tal de ser los más distinguidos por su valor en el ruedo.
En las Españas, donde se cultivan más las ideologías que las ideas, se cree que el toreo, los toros y los taurómacos son de derechas. ¿Pretenden ignorar que García Lorca, Bergamín y Picasso fueron grandes aficionados no solo a la fiesta sino a la cultura de los toros? Y no apuro la suerte trayendo a colación otros nombres de la misma colada porque este amable rincón no da para más.
Sólo me queda lugar para preguntarme si la furia española de los catalanes antitaurinos arremeterá también contra la feria taurina de Céret, en la Cataluña francesa. He dicho y punto.Y como ronco duermo.
Agustín Lara, el compositor mexicano autor de Granada y del Schotís Madrid, eligió el trueno cuando expresó que no cambiaba por un trono su barrera de sol. Así lo dijo en un pasodoble que dedicó a Silverio Pérez al que en su tierra llamaban Diamante del Redondel. Y pasando del cante a los poderosos de la tierra, recuerdo a medias que un Virrey de México famoso por su aversión a los toros, llegó a anular por decreto las que se habían celebrado en la capital aprovechando su ausencia. Y que a Franco, don Francisco, le gustaban la caza y la pesca y las películas de la precoz artista Marisol; pero no la fiesta de los toros. Sólo su propósito de no meterse en política indujo al Caudillo a resignarse a ser un antitaurino silente. Porque amigos, ser taurino o antitaurino es una de las posibilidades más serias que se ofrecen lo mismo al español que al iberoamericano que no ha incurrido en “latinaje”y, a juzgar por lo que acontece ahora en Cataluña, también a los expañoles.
Y aún habrá que añadir a los portugueses. Oliveira Salazar aborrecía los toros; pero como no quería torear en exceso a sus compatriotas, dejó que tuvieran la fiesta en paz.. En cambio fomentó el fado que sí le gustaba, y nunca ocultó su entusiasmo por la genial Amalia Rodríguez. Y ya que hablamos de Portugal, el marqués de Pombal que en el país hermano pasa por ser una figura histórica antitaurina, reguló las corridas prohibiendo la muerte del toro. Pero no lo hizo por compasión al astado, como creen algunos, sino por evitar el riesgo que entrar a matar suponía para los jóvenes de la aristocracia portuguesa, únicos autorizados en aquél entonces, S.XVIII, para ser toreros y que competían entre sí hasta la muerte con tal de ser los más distinguidos por su valor en el ruedo.
En las Españas, donde se cultivan más las ideologías que las ideas, se cree que el toreo, los toros y los taurómacos son de derechas. ¿Pretenden ignorar que García Lorca, Bergamín y Picasso fueron grandes aficionados no solo a la fiesta sino a la cultura de los toros? Y no apuro la suerte trayendo a colación otros nombres de la misma colada porque este amable rincón no da para más.
Sólo me queda lugar para preguntarme si la furia española de los catalanes antitaurinos arremeterá también contra la feria taurina de Céret, en la Cataluña francesa. He dicho y punto.Y como ronco duermo.
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