Esta ciudad con sus aceras y calles casi cubiertas de señales indicadoras de destinos y desvíos; de rótulos viarios y de advertencias varias dirigidas a conductores y a peatones; de obstáculos que impiden el paso y de pivotes que encauzan el tránsito, no logra -¡mire por donde-, parecer todo lo ordenada que cabría esperar de tan ambicioso despliegue.
Es una ciudad que quiere recobrar su antigua fama de ser lugar seguro. Con este fin está sometida a la vigilancia de mil y uno visores electrónicos y de ojos humanos en espera y rececho de lo que pueda pasar. Aquellos funcionando con el automatismo propio de su condición electrónica y actuando éstos con la falsa confianza que caracteriza a los que se ven obligados a fisgar a escondidas. Tales medios debían resultar tranquilizadores. No obstante, ni atinan en cohibir a los bellacos – que tampoco son tantos, vive Dios- ni a comunicar confianza al ciudadano que más bien termina sintiéndose objeto de continua sospecha.
Todo contribuye a la singularidad de la ciudad en que vivimos: el mar la hizo bella y la Historia la quiso llamativa y pintoresca; visitantes a millares la vuelven apretujada e incómoda; sus habitantes se dan buena maña para comunicarle un talante a la vez acogedor e indiferente; mientras que sus ediles la han dotado de abundosas reglamentaciones como en un intento de democratizar las ocasiones de contravención y multa. Y, no obstante, hay que reconocer que las sanciones que recaen no son tan temibles por su frecuencia ni tan abrumadoras por su número como lo serían si los encargados de aplicarlas se tomasen la cuestión a pecho. Así que el hombre de a pie, tanto como el que va en automóvil, en moto o en bicicleta siempre encuentra razones para poner en práctica aquél refrán que dice“ en la infracción, decisión.”
Pero mirando más al fondo de las cosas, la ciudad deja traslucir un mensaje que es cumplida metáfora de la existencia humana en general. Porque, igual que el viandante y el conductor de coche, bicicleta o moto, para llegar a su destino tienen que circular entre un florido pensíl de rótulos e indicaciones no del todo claras, el hombre de hoy tiene que cumplir con las obligaciones que le imponen su propia vida y sus propias circunstancias, y al mismo tiempo acatar prohibiciones triviales, atenerse a advertencias bizarras, aceptar objetivos desmesurados, tomar en serio planificaciones perniquebradas por falta de fondos y aplaudir las directrices galácticas que le llueven a través de las ocurrencias de los dirigentes. Lo dicho.
Es una ciudad que quiere recobrar su antigua fama de ser lugar seguro. Con este fin está sometida a la vigilancia de mil y uno visores electrónicos y de ojos humanos en espera y rececho de lo que pueda pasar. Aquellos funcionando con el automatismo propio de su condición electrónica y actuando éstos con la falsa confianza que caracteriza a los que se ven obligados a fisgar a escondidas. Tales medios debían resultar tranquilizadores. No obstante, ni atinan en cohibir a los bellacos – que tampoco son tantos, vive Dios- ni a comunicar confianza al ciudadano que más bien termina sintiéndose objeto de continua sospecha.
Todo contribuye a la singularidad de la ciudad en que vivimos: el mar la hizo bella y la Historia la quiso llamativa y pintoresca; visitantes a millares la vuelven apretujada e incómoda; sus habitantes se dan buena maña para comunicarle un talante a la vez acogedor e indiferente; mientras que sus ediles la han dotado de abundosas reglamentaciones como en un intento de democratizar las ocasiones de contravención y multa. Y, no obstante, hay que reconocer que las sanciones que recaen no son tan temibles por su frecuencia ni tan abrumadoras por su número como lo serían si los encargados de aplicarlas se tomasen la cuestión a pecho. Así que el hombre de a pie, tanto como el que va en automóvil, en moto o en bicicleta siempre encuentra razones para poner en práctica aquél refrán que dice“ en la infracción, decisión.”
Pero mirando más al fondo de las cosas, la ciudad deja traslucir un mensaje que es cumplida metáfora de la existencia humana en general. Porque, igual que el viandante y el conductor de coche, bicicleta o moto, para llegar a su destino tienen que circular entre un florido pensíl de rótulos e indicaciones no del todo claras, el hombre de hoy tiene que cumplir con las obligaciones que le imponen su propia vida y sus propias circunstancias, y al mismo tiempo acatar prohibiciones triviales, atenerse a advertencias bizarras, aceptar objetivos desmesurados, tomar en serio planificaciones perniquebradas por falta de fondos y aplaudir las directrices galácticas que le llueven a través de las ocurrencias de los dirigentes. Lo dicho.
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