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lunes, 8 de marzo de 2010

Mujeres

Me pregunto si ha habido época en la cual las mujeres hayan estado tan estimadas, tan valoradas, tan aduladas y estimuladas como lo están el día de hoy. Pero al mismo tiempo me pregunto si es posible encontrar para ellas una situación en la cual se haya hecho tan patente su endeblez comparativa, su aterradora vulnerabilidad, e incluso el carácter efímero, caduco y frágil de su belleza física, paradigma de la belleza humana. La propaganda política que pregona “ya no hay sexos, sino géneros”; las consignas sociales que hablan de la condición femenina como acuñación reversible; la propaganda sexual sin disimulos, que describe todos los servicios venéreos que la mujer puede prestar con todas las partes de su cuerpo; la publicidad comercial que dicta: sois las reinas de la fiesta; la agitación neosexista que señala al varón como el enemigo a abatir, abundan en la exhibición de estos extremos.

Un número creciente de mujeres consideran el periodo catamenial como una molestia humillante, y no faltan las que opinan que la regla es un estigma de la sumisión a la cual la naturaleza las somete. Esto hace posible pensar que la posibilidad comercial de eliminar farmacológicamente la menstruación sería recibida como una liberación por todas las que ya han aceptado su papel de hembras infecundas, como las obreras de la colmena.

La propaganda estética mientras tanto, prescribe novedosas soluciones contra la grasa y la celulitis, promete una figura remodelada y unas carnes firmes, todo esto sin dolor y sin riesgos. Se ofrece la cavitación como un recurso que no requiere cirugía.  Se agrandan o se empequeñecen los pechos, las nalgas, la zona púbica, la cintura, la papada. Se rasgan los ojos, se amulatan los labios, se rehace el virgo para el novio exigente. Las destinatarias de esta publicidad y de estos servicios no son las mujeres envejecidas, ni las víctimas de algún accidente que tengan que reconstruir su cuerpo dañado por las heridas y los politraumatismos. Al contrario, son mujeres jóvenes, algunas  de ellas auténticas bellezas. Son las dueñas de su cuerpo y se nota: se aman a sí mismas pero con un amor exigente y sin piedad.

Hay en toda esta feria como una melancolía de fondo. Un descontento del gremio mujeril consigo mismo, una inquietud por la perfección física que está muy lejos de la sosegada búsqueda de ese bien que es la propia belleza. La mujer actual parece haber aceptado su condición de activo que sufre depreciación en este gran supermercado en que hemos convertido la vida social.


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