¿Por qué unos Estados encajan y aprovechan las reformas y otros las rechazan y las convierten en destructivas? La pregunta dejará de ser inexplicable para el hombre corriente cuando se tenga en cuenta que la buena marcha y la estabilidad de un país dependen de tres factores: la integración territorial; la cohesión social, que abarca también lo cultural, lo jurídico y lo racial; y la coherencia institucional, que consiste en que las entidades creadas para favorecer al mancomún no hayan sido secuestradas en provecho de ningún grupo o persona. El conjunto positivo de estos tres factores permite hablar de estructura social como un todo diferente de la forma de Estado y del sistema de gobierno.
La previa existencia de una sociedad estructurada permitió el triunfo de la Reforma Meiji (finales del s.XIX) que puso al Japón en los umbrales del mundo moderno pese a arrancar de una realidad feudal. Así mismo, una sociedad estructurada permitió a Bismark poner en práctica, en Prusia primero y en Alemania después, la reforma que hizo de la nación germana una potencia industrial pese a que partía de una economía de grandes propietarios rurales y de una realidad política que se juzgaba atrasada.
En cambio, la estructura social deficiente desvía de su objetivo las reformas necesarias. Tal es el caso de la reforma agraria de Porfirio Díaz que, por falta de integración territorial y de cohesión social y por el déficit de coherencia institucional, vino a crear latifundios más grandes y menos provechosos para el conjunto que las haciendas coloniales, ahondando la brecha entre el campo y la ciudad y generando tensiones que estallarían en la sangrienta Revolución Mexicana. Tal fue el caso, también, de la reforma de Perón para hacer de Argentina un país industrial, fracasada por la falta de integración del enorme territorio y por la demagogia oficial que acentuó la falta de cohesión social de los argentinos y agudizó el déficit de coherencia institucional al instrumentalizar el gobierno a los sindicatos. Venezuela está a punto de perder una oportunidad en la historia por lanzarse a una descomedida acción exterior cuando todavía tiene sin resolver su integración territorial y su cohesión social, y cuando está demoliendo la escasa coherencia institucional que aún perduraba tras décadas de corrupción democrática. La Historia de hoy en día nos brinda en la América de nuestra lengua ¡a 200 años de su Independencia!, en el África negra y en el mundo árabe los ejemplos más completos de Estados que cabalgan sobre sociedades desestructuradas que han nacido de substratos muy diferentes.
La previa existencia de una sociedad estructurada permitió el triunfo de la Reforma Meiji (finales del s.XIX) que puso al Japón en los umbrales del mundo moderno pese a arrancar de una realidad feudal. Así mismo, una sociedad estructurada permitió a Bismark poner en práctica, en Prusia primero y en Alemania después, la reforma que hizo de la nación germana una potencia industrial pese a que partía de una economía de grandes propietarios rurales y de una realidad política que se juzgaba atrasada.
En cambio, la estructura social deficiente desvía de su objetivo las reformas necesarias. Tal es el caso de la reforma agraria de Porfirio Díaz que, por falta de integración territorial y de cohesión social y por el déficit de coherencia institucional, vino a crear latifundios más grandes y menos provechosos para el conjunto que las haciendas coloniales, ahondando la brecha entre el campo y la ciudad y generando tensiones que estallarían en la sangrienta Revolución Mexicana. Tal fue el caso, también, de la reforma de Perón para hacer de Argentina un país industrial, fracasada por la falta de integración del enorme territorio y por la demagogia oficial que acentuó la falta de cohesión social de los argentinos y agudizó el déficit de coherencia institucional al instrumentalizar el gobierno a los sindicatos. Venezuela está a punto de perder una oportunidad en la historia por lanzarse a una descomedida acción exterior cuando todavía tiene sin resolver su integración territorial y su cohesión social, y cuando está demoliendo la escasa coherencia institucional que aún perduraba tras décadas de corrupción democrática. La Historia de hoy en día nos brinda en la América de nuestra lengua ¡a 200 años de su Independencia!, en el África negra y en el mundo árabe los ejemplos más completos de Estados que cabalgan sobre sociedades desestructuradas que han nacido de substratos muy diferentes.
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