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lunes, 3 de marzo de 2014

Una Zumba y tres lecciones de Humildad

Diario de Toluca. Teresa Chavarría
Lo confieso, a pesar de ser una persona tenaz, trabajadora y hasta terca cuando me propongo algo, en lo que a deporte se refiere no tengo nada que hacer.  Lo que pasa es que por defecto profesional (soy diseñadora de interiores) busco belleza y harmonía siempre en todo lo que hago y me rodea, y ésto, queridos amigos, es complicado cuando uno hace ejercicio. Qué les puedo decir; desde la ropa deportiva al sudor, el pelo espachurrado y sucio, el olor rancio a humanidad del gimnasio, sin contar con las posturas propias y ajenas que uno tiene que hacer y/o aguantar en plan exhibicionista, no hay un solo elemento del deporte que me atraiga para ejercerlo, y a pesar de ello, consciente de que una debe de superarse, he peregrinado por todo tipo de clases y deportes incluyendo aerobic, yoga, natación, boxeo y aparatos, sin persistir en ninguno.

Como todo el mundo, mi propósito del nuevo año fue ponerme en forma apuntándome a alguna clase que me motivara lo suficiente como para no darme de baja a las dos semanas.

Decidida, me dirigí al gimnasio YMCA que hay cerca de mi casa en Dallas (YMCA es un gimnasio semipúblico que hay en todos los barrios en Estados Unidos y que ofrece infinidad de clases e instalaciones fantásticas a un precio irisorrio). Enseguida llamó mi atención la clase de Zumba. Me explicaron que consistía en una hora de baile latino y me entusiasmé. Con lo que me gusta bailar y lo bien que se me da, voy a ser el hit” pensé, y me apunté.

El primer día de clase me enfundé en mis spandex horripilantes, esos que no solo no favorezcen, sino que más bien desfavorecen, y me planté segura de dejar tumbadas en dos minutos con mis movimientos latinos a todas las señoras.

Imaginen la escena; ante mí un espejo enorme, la maestra (una gringuita de unos 50 años, rubia, con sonrisa Colgate y su micrófono en la cabeza a lo Madonna, enfundada en pants rosa fuerte), mis compañeras de clase (la mayoría de unos cincuenta años),  y yo en segunda fila, dispuesta a demostrar cómo se debe de bailar el merengue.

En esto, una viejita-viejita-requete viejita de unos noventa, apareció por la puerta vestida con un coordinado de terciopelo negro y con un turbante blanco cubriendo su cabeza. Con toda parsimonia se colocó a la derecha de la entrenadora.

Después de un breve saludo, empezó la música y con ella la coreografía.  Obervé totalmente desorientada que toda la clase ya se la sabía y seguían a la perfección sus movimientos. Mi orgullo empezaba a sentirse herido al tratar de seguir con gran torpeza los pasos, cuando entre tropiezo y tropiezo me percaté de que la viejita seguía tranquilamente la clase, eso sí a su ritmo. Su dignidad y humildad me impresionaron. ?Qué gran ejemplo”, me dije, ?si ella está aquí haciendo lo que puede, tú, por narices puedes”.

Media hora después y a ritmo de Chayanne,  creía que me moría. Me encontraba en uno de esos momentos clásicos del anti deportista en el que estás literalmente bañado en sudor, en el que el rojo de tu cara  se asemeja a una erupción cutánea, en el que ya te da igual como te ves, en el que lo único importante es sobrevivir y no haces más que mirar el reloj cada dos segundos y te infartas al darte cuenta de que todavía queda media hora, mientras la gente a tu alrededor sigue en movimiento como si nada.

Para cuando llegó David Bisbal con su marchosa  ?Ave María, cuando serás mía”,  mi mente ya repetía a modo de mantra ?Todo está en la mente, tú puedes Tessa, tú puedes” mientras, una gringa daba un grito a lo mariachi tejano: Yiiiiiiiiihaaaaa”.

 Tan ensímismada estaba yo en mi mantra, que no me di cuenta de que la viejita se había retirado. Entre el alborozo, la música de Shakira, el movimiento de caderas de mis compañeras, y el bunga bunga de la música que ahora oía lejano como si estuviera en otro planeta, dejé de bailar en medio de la multitud. Una vez más, imitando la sabia acción, esta vez de retirada, de la viejita me dije: ?si ella puede, yo también?.

Observé los últimos diez minutos de mi primera clase de Zumba sentada al fondo de la sala abrazada a una toalla, recuperando el poco aliento que me quedaba, y mientras observaba el ritmo vertiginoso del grupo, pensaba en las tres lecciones de humildad que  me llevaba de una sola clase de Zumba: La primera, nunca des por hecho que eres bueno en algo, siempre hay gente que te supera. La segunda, ten el valor de superar la idea de que no eres el mejor y comienza de todas formas, porque los inicios, aunque mediocres,  siempre te llevan a algo nuevo. La tercera, es de sabios y humildes saber retirarse a tiempo.

 Al día siguiente regresé a mi clase de Zumba. En lugar de la entrenadora de la sonrisa Colgate me encontré a una nueva, un híbrido entre Britney Spears y Godzilla. Empezó la música y observé que ya no tenía necesidad de probar nada, que era de las malonas de la clase a pesar de ser la única latina, que mi conquista consistía en haber ido y en persistir, y que estaba bien simplemente disfrutar del baile a mi ritmo, enfundada en mis pants nuevos rosa fuerte que eso sí, tanto me desfavorecen.

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