El mundo de hoy funciona
bajo el impulso de los megapoderes, entre los cuales la Unión
europea es solo un proyecto, Rusia un prudente veterano y Turquía un
paciente meritorio que lucha por encontrar su lugar como tapón del
Mediterraneo Oriental.
Bajo el liderato informal
pero efectivo de los Estados Unidos y del Reino Unido el Megapoder
Anglo se extiende sobre las antiguas colonias blancas de Inglaterra:
el Canadá, Australia, Nueva Zelanda que forman el núcleo de
confianza. A su lado subsiste un aliado por vía de los intereses en
juego como es la República Surafricana.
En la rivera opuesta del
Pacífico formando ahora el núcleo más cmpo activo de
transformación de toda la zona, se sitúa el Megapoder Chino que,
abandonado el campo de la subversión, concentra todo su esfuerzo en
impulsar su propia expansión comercial y demográfica, batel de
doble bancada con le que se abre paso en las aguas que antaño fueron
el límite de su secular aislamiento.
El Megapoder Islámico,
en sus inicios un club de beduinos con soberanía –en realidad
señores espirituales y temporales de sus respectivos pueblos-, es
ahora un conjunto de plutócratas que sacan provecho lo mismo del
precio de los hidrocarburos que de la banca, la emigración activa o
los préstamos personales y confidenciales a los Jefes de Estado. Su
dualidad religiosa y temporal le permite tener actuaciones
contradictorias y plantear tanto de forma manifiesta como solapada
exigencias para las que no ofrece contrapartida alguna. Al Megapoder
Islámico le ha surgido un rival en Al Qaeda que con sus prácticas
de terror en realidad solo ha servido para despertar en Occidente a
los perros dormidos.
Con las megapotencias
nada valen los sucedáneos. Reduciéndonos adrede a las dimensiones
de la Piel de Toro, ni la conocida política de casas regionales
subvencionadas en el extranjero, ni la ayuda solapada de los nuevos
grupos antigringo de América del Sur pueden sustituir el apoyo de
cualquiera o de varios de esos megapoderes, a la hora de emprender,
por ejemplo, la tarea de partir a España por las líneas perforadas
de las autonomías. Me baso -esto es obvio- en un planteamiento de
escala según el cual ni España entera ni cada una de las
Expañas por separado están en condiciones de constituirse en
fuentes originarias de poder, cuanto más que la Península Ibérica
ocupa desde el punto de vista geopolítico un puesto en sí mismo más
comprometedor de lo que cabría imaginarse al observar la actitud
desprevenida de sus habitantes y la incuria, improvisación y
parasitismo de una parte de la partitocracia gobernante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario