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viernes, 14 de octubre de 2011

El Hombre en la Naturaleza*



El hombre natural, que no ha llegado a percibir el tiempo como Historia, ni culminado el proceso de humanización, encuentra sus puntos de referencia en las regularidades directamente observables: el sol que marca el transcurso del año y la cadena de las estaciones; la luna en la sucesión de sus fases. Y, en conexión con ésta, la berrea, el parto de las hembras y el crecimiento de los rebaños; fenómenos que sumados al desarrollo humano desde la infancia a la senectud revelan el impulso incontenible de la vida bien que acechada continuamente por la muerte. Existen también pulsiones corporales, como la menstruación, que por la sangre derramada avala para las mujeres un prestigio semejante al de los guerreros, cosa que en general parecen ignorar los antropólogos, preocupados por encontrar una homosexualidad primordial que avale al movimiento gay, o por comunicar a los selváticos las posibilidades placenteras de la zona proctológica. Y quedan por último el peristaltismo intestinal y las pulsaciones del corazón que inspiran el salto rítmico de los varones sobre un mismo sitio, el batir del tantán y de todo rataplán que se ajusta al ritmo cardíaco. Chumba cachumba chumba. 

Para el hombre natural el ciclo sueño-vigilia es un todo indiferenciado. Los trasueños o reverías son el aglutinante que trasfunde en un solo amasijo los acontecimientos del mundo real y las figuraciones oníricas. Esto, se puede comprobar por la observación directa y leyendo la literatura misional no catequética, incluída la de Albert Schweitzer. Los misioneros aún no habían claudicado ante el buenismo, esa versión ignorantona y clerical del mito del buen salvaje de Rousseau. ¿No los habeis oído?: “ ¡Ellos me dan espiritualmente mucho más de lo que yo les puedo dar¡” Chumba, cachumba maracumbé, balé chun chun.

Pero reparemos en que una existencia así está vacía de percepciones verdaderamente humanas y carece de límites precisos. Por eso, el hombre natural tiende a hacer rutinas fijas e inamovibles del moldeado de barro, del trenzado de cestos o de nasas, de los tatuajes e incisiones corporales y de los bailes. Estos incluyen movimientos espasmódicos parasexuales aptos para producir paroxismos, colectivos; y sonidos elementales que comunican a los participantes sensaciones de unanimidad y poderío Esas rutinas resultan tanto más prestigiosas cuanto se da por sentado que son inmemoriales. Balín balé, pumba cayá., taca taca taca tacatá, chun chun balé.
* XX reunión del Club de Destin, Florida.

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