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martes, 1 de marzo de 2011

Víctimas

En una sociedad que rechaza todo mandamiento que no provenga de consenso verdadero o simulado, la aniquilación violenta de vidas humanas, que antes se llamaba asesinato, es perfectamente aceptable siempre que se encuadre en el marco de una estrategia racional de optimización de resultados. Aquí reside el fundamento de todas las acciones concertadas que consideran la supresión de vidas como medio coadyuvante para hacer realidad los dictados de las ideologías o para conseguir propósitos sociales o políticos no asequibles fácilmente por vías menos despiadadas.

Los victimarios se benefician de la fuerza encerrada -como en las espirales de un resorte bajo tensión- en el mecanismo psicológico del “chivo expiatorio”.Aparte de brindar a las conciencias no cultivadas un pretexto para prescindir de todo escrúpulo en la eliminación de sus víctimas, dicho mecanismo encauza hacia un propósito colectivo los flujos de agresividad y resentimiento que dificultarían la convivencia si fueran abandonados a su propia deriva. Y eso conviene a los políticos. Aquí ha de buscarse también la base de la actitud suficiente y altanera que tantos verdugos voluntarios muestran frente a sus víctimas o a los deudos de ellas: simple y llanamente, se consideran autores imprescindibles de un encarnizamiento necesario y provechoso.

A este tipo de violencia se la conoce (René Girard) con el nombre de “violencia fundadora” porque a través de ella se pretende fundar nuevas y prometedoras realidades. El poder de dicha violencia no nace sólo de la destrucción y muerte que siembra con sus acciones, sino de su proclividad para la latencia expectante que la mantiene viva, pero oculta y escondida en tanto que no se descargue la tensión del resorte o muelle del que, por modo de analogía, hemos hablado líneas atrás.

Las ciencias presentan a la “violencia fundadora” como impulso atávico proveniente del cerebro de reptil. Queda así sustraída del campo de la moral –y, por lo tanto, de la voluntad- para ser incluída en los dominios de la etología que la sumerge en la ciénaga de la fatalidad psicobiológica. Esto favorece que los que ofician de sacrificantes o de verdugos -use vuestra merced la expresión que mejor le cuadre- , se perciban a sí mismo como interlocutores necesarios y la sociedad termine entendiéndolos como tales. Pero lo importante aquí no es la interlocución, sino la tensión que permanece enroscada en el resorte como la serpiente sobre el hacha. En cuanto a la responsabilidad de los hechores, seamos crudamente realistas: fuera de las víctimas, nadie la echa en falta, no está de moda. Sólo se trata de optimizar los resultados.

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