Es un término ambiguo, el de calle. Lo mismo dice de un espacio de terreno en forma de cinta y habilitado para el tráfico dentro del perímetro de una ciudad, que expresa el modo imperativo de la tercera persona del singular del verbo callar.
Y callar lo mismo alude a cortar toda emisión de sonido un instrumento, que cesar la voz humana, el canto de los pájaros, el balar de la oveja o el croar de la rana
Explícito es, en cambio, el lema escrito sobre la camiseta de ese joven padre de familia que empuja, con aire aburrido, el cochecito de su nene mientras su mujer ufanea a su lado.”Cállate la boca”, dice el lema en letras negras sobre el fondo colorado de la camiseta. Se me antoja extraña esa forma de decir. Extraña y sugerente. Pudo haber dicho “Cierra el pico” y me hubiera llamado menos la atención.
Pero ese “cállate la boca” con su pronombre enclítico y referido al órgano de la fonación y de la manduca me hace pensar que quien lo escribió imagina la boca como un dispositivo inseparable pero de alguna manera independiente de quien lo usa. Exactamente como la bragueta a cuyo usuario se le puede decir con aire confidencial y urgente “ciérrate la bragueta”, o “abróchate la portañuela” si ésta lleva botones y coincide que el descuidado es un iberoamericano. O, puestos a tomar la cosa a broma, como cuando se hace notar al afectado que “está la botica abierta y el boticario dormido”. Es como si se pensase que la boca es un esfínter incontinente que puede ponerse a funcionar por su propia cuenta y al menor descuido.
Tengo, pues, que preguntarme el porqué de ese lema que expresa de forma genérica un mandato de silencio universal. Y me pongo a imaginar que a toda la gente le da por obedecer y va por la calle a la chita callando y que las pocas moscas de este verano están desoladas porque no hay boca en la que puedan entrar. Y; puesto también a indagar el motivo que pueda tener esa orden carente de destinatarios concretos que pone punto en boca a todo quisque, vengo a caer en la cuenta que, de los muchos y variados usos que se puede dar a la boca, el más difícil es el de la comunicación a la que, no obstante, parece estar destinada.
Basta observar lo que sucede en el mundo que nos rodea para enterarse de que la boca, como instrumento de fonación, se emplea mayormente para desahogarse y no propiamente para comunicarse con los demás. Para la mayoría del personal parlante el número más atractivo que puede representarse con la boca es “cantar las cuarenta” a quien sea, pero especialmente “al lucero del alba”. Acontece que la comunicación oral es una función inteligente en la cual entran numerosas variables, tanto respecto al interlocutor como a uno mismo, y de solo pensar en esa dificultad le entra a uno la pereza.
Así que es fácil llegar a comprender las razones por las cuales hay poca gente dialogante y pocos buenos conversadores. Dialogar, conversar, platicar, no son hijos de la improvisación sino de hábitos cuidadosamente cultivados, entre ellos el de la atención a lo que se escucha y el de la observación de lo que se ve. Así que el “cállete la boca” tiene su sentido porque la comunicación verbal no siempre llega a ser tal y se queda, como diría Teresa de Avila, en ruido de latas , o como diría tía Lupe, en cacareo de gallinas cluecas
Menos mal que existen otras formas de comunicación. Allí está la expresión gestual. Los educadores han descubierto que los niños chicos aprenden con más facilidad el lenguaje de los sordomudos que se basa en gestos, que el basado en la emisión de sonidos articulados para formas palabras, oraciones y discursos audibles. Y así tengo a mi nietecita de Dallas, pasando del inglés al español con velocidad pasmosa y completando las expresiones a las que no llega con su medialengua, con gestos del lenguaje de los sordomudos.
Pero sin llegar a esos extremos, existen una serie de gestos y actitudes del cuerpo, de la cara y de los miembros que resultan perfectamente inteligibles. Allí, en la calle también, a mitad de la manzana, me sorprende la expresión de alegría y de triunfo de la chica aquella que lleva las orejitas vendadas. Sin duda las tenía de soplillo y se las ha arreglado un hábil cirujano plástico. Va la criatura feliz y pimpante como un cachorro retozón. No necesita palabras para expresar su satisfacción. Esta le rebosa y la rebasa. Comunica la muchacha, con su actitud y su expresión, un mensaje elemental que todos sabrían interpretar. Ha dado un paso importante para completar el programa iconográfico que ella ha ideado sobre su propio físico, y eso se nota no sólo por el vendaje de las orejas sino por esa anticipada plenitud de cosa lograda que se adivina a través de su mirada. ¡No es para menos, amigo! -exclamo para mis adentros- que, si bien la vulgaridad y la
decrepitud humanas adquieren a veces presencia aplastantes en nuestras calles, la búsqueda de la belleza, la capacidad de descubrirla y el anhelo de poseerla son rasgos muy característicos del tiempo en que vivimos.¡Tres hurras por la chica de las orejas vendadas! Detrás de la belleza está la Belleza y junto a ésta, la Verdad ; por eso hay quien dice que la experiencia estética aparece estrechamente relacionada con las situaciones más decisivas de la vida humana.
Pero ¿ y la fealdad? ¿y la degradación física? A la vista están, y en la calle también. Sus representantes se exhiben, tratan de conmover al viandante e inducirlo a que se desprenda de las monedas de cobre que son como la cascarilla molesta y hedionda del orgulloso Euro. A la miseria, miseria. A los recortes humanos reclutados organizadamente en los rincones más miserables de la Europa de la ampliación, corresponde la calderilla que hace bulto en nuestros bolsillos.
En el aparcamiento, a la entrada donde el busto del Padre Donosti luce su prognatismo y su tonsura, al pie casi de las máquinas de cobro automático, aguarda, estorbando el paso, la estampa lamentable de la mendiga o del mendigo de turno, mendaces siempre por necesidades del guión. Yacen a ras del suelo, con un rictus suplicante, humillado y extranjero en sus caras, testigos casi inertes de la expendición de tickets y oyentes perpetuos del tintineo de las monedas devueltas o deglutidas por la máquina. Cuando el sol se aprieta los machos y el aire anda por allí soliviantando corrientes, de la escalera de acceso al aparcamiento se desprende una vaharada de extracto seco de materia orgánica. Su composición es conocida: urea, ácido úrico, creatina, creatinina, amoníaco, ácido hipúrico, fosfatos, oxalatos, uratos, bilirrubina, a los que se añaden vestigios de líquidos orgánicos menos honestos que la meada y trazos de lúpulo procedente de cervezas baratas. Orina pura.
Encima del amplio subterráneo que acoge a los coches, hay un bello y pequeño jardín con estanque y un rótulo en vascuence que parecería escrito en yudeo-espaniol: Santa Katalina Plaza. Por el carril de bicis pasan estas con ímpetu de vaquillas mecánicas. Es la calle.
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