Es pasmoso que cosas semejantes sean dichas en serio. Porque la verdad es que
Los mejores hombres de Israel no desdeñan compararse con los seres más humildes del mundo animal. Isaías, profeta, afirma: “chillo como golondrina y gimo como paloma”, cuando quiere encarecer la angustia que le oprime. El Salmista, que quiere huir de sus tribulaciones, exclama: “¡quien me diera alas como de paloma!”
El mismo Yahvé no desdeña servirse de la burra de Balaam para expresar ejemplarmente su voluntad. Cristo Jesús no va a la zaga de estos antecedentes cuando compara sus esfuerzos para reunir en torno suyo a los hijos de Sión, con los de una gallina clueca empeñada en congregar a sus polluelos.
Los ejemplos se podrían multiplicar hasta el hastío. En el ámbito jurídico, la norma que ordena no pongas bozal al buey que trilla, del Deuteronomio, está incluida entre los mandatos de justicia social que protegen al forastero, al huérfano y a la viuda y antes de una institución tan importante para el judaísmo como el levirato que aseguraba la sucesión del hermano muerto.
En el Antiguo Testamento, ni siquiera la guerra debe ser pretexto para destruir los árboles. “Si al apoderarte de una ciudad enemiga tienes que hacer un largo asedio, no destruyas la arboleda metiendo en ella el hacha; come sus frutos y no los tales, que el árbol del campo no es un hombre que vaya a reforzar la defensa contra ti”, dice el Deuteronomio. Y cuando los embajadores de Senaquerib, prepotente enemigo del pueblo de Dios, se jactan de que su rey ha talado los montes, la réplica del profeta Isaías es tajante: esa es una grave ofensa contra el Santo de Israel”, que se la ha de hacer pagar muy caro.
Todo esto no es más que el reflejo de una visión religiosa que acepta y ama todo cuanto existe por ser obra de Dios. ¡Aquí duele y aquí puede estar la clave de la nueva moda anti-Biblia!. En el Judaísmo y en el Cristianismo el mundo creado es la primera y más accesible revelación que el Señor hace de sí mismo. En
Así que ¡menos lobos Caperucita!, y dejemos a
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