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sábado, 15 de febrero de 1997

¿La Biblia frente a la Naturaleza?

La herencia judeo-cristiana va camino de convertirse para muchos en una “presunta culpable”que tanto vale para achacarle un roto que para atribuirle un descosido. Así, leo en un periódico de Madrid una afirmación simplista signada por una firma famosa que no es el caso señalar directamente:”Las raíces filosóficas de la crisis ecológica están en la altanera idea bíblica de que el hombre es el rey de la creación, y que Dios le dio el mundo para que hiciese con él lo que quisiese.”

Es pasmoso que cosas semejantes sean dichas en serio. Porque la verdad es que la Biblia está llena de alusiones al mundo de la Naturaleza en un contexto de admiración y respeto. Expresiones como los lirios de Sarón, el rosal de Jericó, los cipreses de Hermón, los cedros del Líbano, la palma de Engadí, han pasado a la poesía del mundo Occidental como expresiones proverbiales de la perfección y de la belleza de las criaturas. Difícilmente puede encontrarse una mejor alegoría de la madre fecunda que la fructífera parra, y de los hijos que la de brotes de olivo; ni piropo más fino a la anatomía femenina que la semejanza que El Cantar hace de los pechos de la joven amada con crías de gacela paciendo entre flores. La pujanza del árbol que crece representa en la Biblia el poderío de la nación o del reino. Dos de los símbolos del pueblo de Israel son la palma y el olivo. San Pablo, que es un judío de cuerpo entero, recuerda a los cristianos que los judíos con el olivo, los cristianos sólo el acebuche.

Los mejores hombres de Israel no desdeñan compararse con los seres más humildes del mundo animal. Isaías, profeta, afirma: “chillo como golondrina y gimo como paloma”, cuando quiere encarecer la angustia que le oprime. El Salmista, que quiere huir de sus tribulaciones, exclama: “¡quien me diera alas como de paloma!”

El mismo Yahvé no desdeña servirse de la burra de Balaam para expresar ejemplarmente su voluntad. Cristo Jesús no va a la zaga de estos antecedentes cuando compara sus esfuerzos para reunir en torno suyo a los hijos de Sión, con los de una gallina clueca empeñada en congregar a sus polluelos.

Los ejemplos se podrían multiplicar hasta el hastío. En el ámbito jurídico, la norma que ordena no pongas bozal al buey que trilla, del Deuteronomio, está incluida entre los mandatos de justicia social que protegen al forastero, al huérfano y a la viuda y antes de una institución tan importante para el judaísmo como el levirato que aseguraba la sucesión del hermano muerto.

En el Antiguo Testamento, ni siquiera la guerra debe ser pretexto para destruir los árboles. “Si al apoderarte de una ciudad enemiga tienes que hacer un largo asedio, no destruyas la arboleda metiendo en ella el hacha; come sus frutos y no los tales, que el árbol del campo no es un hombre que vaya a reforzar la defensa contra ti”, dice el Deuteronomio. Y cuando los embajadores de Senaquerib, prepotente enemigo del pueblo de Dios, se jactan de que su rey ha talado los montes, la réplica del profeta Isaías es tajante: esa es una grave ofensa contra el Santo de Israel”, que se la ha de hacer pagar muy caro.

Todo esto no es más que el reflejo de una visión religiosa que acepta y ama todo cuanto existe por ser obra de Dios. ¡Aquí duele y aquí puede estar la clave de la nueva moda anti-Biblia!. En el Judaísmo y en el Cristianismo el mundo creado es la primera y más accesible revelación que el Señor hace de sí mismo. En la Naturaleza así entendida, nada hay que quitar y nada que añadir, dice el libro del Eclesiástico, y en ella cada cosa afirma la excelencia de la otra.

Así que ¡menos lobos Caperucita!, y dejemos a la Biblia en paz en esto de echarle la culpa, aunque sea “filosófica”, de los desastres ecológicos y del expolio a la Naturaleza con los cuales sí tienen que ver, y mucho, la técnica que no se aviene a límites, y el afán de lucro que sólo reconoce su propio planteamiento de ganancias “caiga quien caiga”. Y, por supuesto caen árboles, animales y también hombres.

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