En vista de que los problemas del mundo no los podría arreglar por mucho que quisiera, me propongo ceñirme a las distancias cortas. Trataré, pues, de contar a vuestras mercedes cómo me he visto confirmado en mi vieja creencia de que se puede aprender a cualquier edad y en cualquier ocasión; sea por lo positivo, aprendiendo lo que se debe hacer; o por lo negativo, coligiendo lo que debe ser evitado. Es un principio de puro sentido común que forma parte de mis convicciones de siempre, pero nunca con la fuerza y la claridad con que se me ha manifestado en estos últimos días.
Porque, amigos, resulta que me tomé unas vacaciones cortas. No voy a decir que merecidas. Unas vacaciones cortas y en la nieve que tan abundante ha sido este año. Y que conste que fui no tanto por amor a este fenómeno metereológico invernal, sino por apego y afición a la familia.
Y allá nos fuimos. Yo con mis heridas de guerra –de la guerra que he dado-, alguna de las cuales, justamente la principal, quiero decir la lesión que me ha dejado huella visible de cojera, fue sufrida precisamente en la nieve y durante unas vacaciones como estás. De eso hace ya tantos años que para contarlos tengo que remontarme en la corriente de la vida hasta alcanzar los raudales de la juventud. Con las huellas de mis heridas, digo, y unas botas camperas no del todo apropiadas para la ocasión, me planté en la nieve.
¡Total -pensé con ligereza impropia de mi experiencia y edad- para lo que puedo hacer yo en el Pirineo! Porque ya me dirán vuestras mercedes qué puede hacer allí quien ya no puede deslizarse en esquí por las laderas, ni le atrae practicar la marcha de fondo, ni se atreve a gozar como un niño bajando de barriga y de cabeza con el trineo aún a riesgo de partirse la crisma. Cierto es que aún le quedan a uno, teóricamente al menos, buen número de posibilidades como pasear respirando el aire frío y puro, tomar el aperitivo en buena compañía mientras se espera el retorno de los esquiadores, hacer alguna foto, leer el libro que se tenía en suspenso, contemplar el paisaje e incluso, deleitarse –va de veras- con el variado desfile de los esquiadores vestidos de alegres colores y provistos de esas enormes gafas protectoras que les dan aire de grandes insectos que se movieran contra el fondo blanco del paisaje nevado. ¿Qué más puede hacer un senescal como yo en una estación de esquí que, como todas ellas, parece hecha de propósito para que la juventud pueda lucir su palmito y su agilidad?
En realidad, y tratándose de unas vacaciones como las descritas, lo que les queda a quienes por la edad tenemos ya el arroz pasado para prácticas deportivas de intensidad, es tiempo de sobra para dedicarse a la contemplación. Y ya se sabe, a quien contempla puede darle por pensar. Y quien piensa corre el riesgo de que su mente le conduzca al lugar menos pensado y termine por acogerse, como un navío, al amparo de la profunda bahía de las comparaciones, de donde zarpará para ir del ayer al hoy, y del hoy al futuro en una especie de navegación de cabotaje que se detendrá en cada remembranza antigua y en cada anhelo aún no cifrado, siguiendo la ruta que conduce desde los recuerdos de la infancia hasta la presencia real de los años que comienzan a ser una carga sin dejar por eso de servir de base para nuevos sueños. Y en ese ir y venir de comparaciones va implícita la oportunidad de aprender. Y ya verán vuestras mercedes de qué manera.
Porque acudir a una estación de esquí es precisamente lo que no debe hacer una persona con las facultades físicas menguadas, por pequeña que le parezca esa disminución. La razón para decir esto reside en que las circunstancias del lugar y de la ocasión no hacen más que acentuar, sin disimulo posible, lo que a uno le va faltando para completar el kilo.
Y así, quien aún es capaz en San Sebastián de hurtar por sí solo el cuerpo a las posibles embestidas de los ágiles ciclistas que hacen fintas en las aceras entre la multitud de los viandantes, puesto en la estación de esquí no se hallará en condiciones de evitar un resbalón en éste o en aquél rincón umbrío en el cual la baja temperatura de la noche pasada ha congelado la nieve. Ni tampoco estará en condiciones de parar la caída si el pequeño desnivel de un camino muestra, en materia de resbalones, más agresividad de la que le habíamos calculado. Y así, se puede ver uno también en la situación de tener que ser sacado del todoterreno en volandas por alguno de los miembros más forzudos de la familia, único medio de llegar, sin correr el riesgo de sufrir un cachimbazo de los buenos, hasta la entrada del restaurante. O verse necesitado de aceptar el brazo de una gentil sobrinita para subir con mayor comodidad los peldaños de una escalera. Este tipo de situaciones los remedia o alivia la atención familiar con cariñosa y enternecedora eficacia y oportunidad.
La conclusión que saqué de todo esto es que los mayores debemos acomodarnos a nuestras limitaciones con la mayor naturalidad posible, sin prestar oídos a la enseñanza oficial que continuamente afirma con toda la jeta sandeces igualitarias que la realidad desmiente a diario. Y esa acomodación no debe estar motivada por la tendencia perezosa a ir reduciendo el propio mundo a que tan tentados se sienten los viejos, sino por la comprobación realista de que, por muy bien que se conserve uno, llega el momento en que no está el horno para bollos y las circunstancias aconsejan aceptar de buen grado las limitaciones que la edad señala de acuerdo a la vitalidad de cada cual. Digo justamente las que la edad señala, sin exagerar el gesto de renuncia
Desde mi regreso de las nevadas cumbres, me ronda como insistente moscardón el pensamiento de que los mayores de buen ver entre los que con toda modestia ¡ejem! me incluyo, no debíamos exponernos a condiciones que den resalte a las flaquezas de la edad ni pongan gratuitamente de manifiesto las limitaciones que ésta trae. Pero tampoco hay que ir por allí presumiendo de incólumes. No solo es esta una cuestión de elegancia ante este magnífico regalo que es la vida, sino también una manera de no amargar a nuestros próximos y evitar de paso a los ajenos la ocasión de incurrir en malos pensamientos.
Adivino su extrañeza, amigo lector. En efecto, se preguntará vuestra merced ¿qué malos pensamientos pueden provocar los viejos? ¿o las viejas? .Yo le contestaré que muchos y muy malos, como son los referidos a las amplísimas posibilidad de la eutanasia en el mundo de hoy. Las extemporáneas exhibiciones de los propios achaques lo exponen a uno a ser sometido a evaluación por gentes extrañas ya desacostumbradas a la piedad. Igual que un toro una vez muerto sólo está ya “para el arrastre,” como expresa el dicho popular, un viejo, entre más deteriorado esté, más apropiado le parece al personal para la aplicación de la eutanasia. Así que, viejos del mundo, ¡uníos, sed prudentes, evitad las quejas, ilustrad con vuestra experiencia, alegrad a los vuestros con vuestros sucedidos y acurrencias, aprended y de vuestros males soportables, no digáis ni pío.
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